Inicio » Juan 3:16 » El Hijo Prodigo

El Señor es mi pastor; nada me faltará.
En lugares de delicados pastos me hará descansar;
junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma.
Salmo 23: 1-3.

El rebaño

        Tengo bajo mi vista la foto de un inmenso rebaño de ovejas que sube por un largo camino. A lo lejos, en la cumbre, se percibe la silueta del pastor que camina adelante. Completamente atrás, muy alejada de las demás, se ve una oveja cansada o extraviada.

        Siempre pienso que esa oveja soy yo, y miro la figura del pastor que se halla a gran distancia. Entonces imagino que se detiene y vuelve atrás para recuperarme, confortarme, ponerme sobre los hombros y llevarme de nuevo junto al rebaño.

        Esta imagen es un socorro para todos los que sufren, para los que se han extraviado en el pecado, o están desalentados porque siempre vuelven a caer en las mismas faltas. Si esto le sucede, piense en ese rebaño de cristianos que tienen tanta dificultad para seguir adelante en el camino que sube hasta el Señor. Usted cree que es un individuo en medio de tantos otros y semejante a muchos de ellos. ¡Pues, no! Dios conoce a cada uno. El pastor hacia el cual se sube tan despacio bajará para buscarle tantas veces como sea necesario, con el objetivo de restituírle al rebaño y hacerle llegar al fin del camino, detrás de Él.

        Pero, es necesario llamarle y pedírselo: no piense que él no le escucha, o que está demasiado lejos. El siempre oye e irá a su encuentro a tiempo, si de corazón le llama. No es bueno estar solo, cual oveja descarriada. ¡Vuelva a acudir al rebaño, siguiendo al buen pastor!.

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"Me levantaré e iré a mi padre, y le diré:
Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.
Ya no soy digno de ser llamado tu hijo.
Lucas 15:18-19

El Testamento de su Padre

        La lamentable conducta de un hijo de familia pudiente había hecho perder la paciencia a su padre, quien le suspendió los subsidios.

        Ese muchacho rebelde dejó la casa paterna y se hundió cada vez más en el caos y la inmoralidad. Un día, cuando estaba sin recursos, se le ocurrió entrar de noche en la casa paterna durante la ausencia de la familia. Su intención era violentar la caja fuerte y apoderarse de su contenido. "Al fin y al cabo -pensó él- no hago ningún mal; mi padre debería mantenerme, tomo sólo lo que me corresponde"

        Consiguió abrir la caja fuerte y se puso a revolver lo que contenía. Un papel llamó su atención y le pareció que era el testamento de su padre. En efecto, no estaba equivocado, y con gran sorpresa vio que su nombre figuraba entre los herederos y que recibiría una parte igual a la de los demás.

        Ese padre a quien él ofendió tan gravemente le había tenido en cuenta cuando redactó su testamento. "Mi padre todavía me ama -se dijo él-, me reconoce como su hijo". El resultado de sus reflexiones junto a esa caja violentada fue la reconciliación con su padre y el comienzo de una vida nueva. 

        Si usted piensa que Dios no le ama porque es una gran culpable, se equivoca. Dios aborrece el pecado pero ama al pecador. Lo mostró al dar a su Hijo unigénito para salvarnos a usted y a mí, cuyo sincero arrepentimiento espera para darnos la gloriosa herencia que él nos preparó.

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Este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.
Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
Lucas 15:32 y 10.

Dos hermanos

        El más joven era egoísta, ingrato, un depravado que destrozó el corazón de su padre y sufrió las tristes consecuencias de ello. Su hermano mayor no dio como él la espalda a la casa paterna. Al contrario, cumplía escrupulosamente con sus deberes.

        El hijo pródigo comprende que no puede volver a la casa paterna con su vergüenza y su suciedad. Se da cuenta de que es indigno de llamarse hijo. Pero, ¡qué acogida va a recibir! El padre sale, corre a su encuentro, se echa sobre su cuello y le cubre de besos. Después, hace todo lo necesario para hacerle grato su regreso al hogar.

        Mientras la casa está de fiesta, llega el hijo mayor; oye la música, pregunta que ocurre y se entera del retorno de su hermano. Entonces, indignado, rehúsa entrar.

        El padre mismo sale y le ruega que pase. Pero el hijo mayor rechaza la invitación. ¿Por qué? Porque se cree justo.

        ¡Con cuánta paciencia responde el padre a los vehementes reproches de su hijo mayor! Le dice: “Te he dado grandes bendiciones, todas son tuyas, hijo mío; no te las quito. Pero mi amor necesita que mi casa se llene de gozo introduciendo en ella a miserables pecadores perdidos, pero arrepentidos, y que reconozcan que todo lo deben a mi gracia”.

        "Así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento” (v.7).


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