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Satanás, porque no ignoramos sus maquinaciones ...


Satanás, porque no ignoramos sus maquinaciones ...

       Nombre del príncipe del mal, heb. sŒaµt\aµn, gr. Satanas, que significa básicamente "adversario" (se traduce así el vocablo en, por ejemplo Nm. 22.22). En los dos primeros capítulos de Job leemos que "Satanás" se presentó ante Dios entre "los hijos de Dios". Se afirma a veces que en tales pasajes no se considera a Satanás como un ser particularmente malo, sino simplemente como uno más entre las huestes celestiales. Desde luego que no tenemos aun la doctrina plenamente elaborada pero, por lo pronto, las actividades de "Satanás" son negativas para Job. Las referencias veterotestamentarias a Satanás son pocas, pero se lo ve constantemente dedicado a actividades contrarias al bien del hombre. Impulsa a David a contar al pueblo (1 Cr. 21.1). Se ubica a la diestra de Josué, el sumo sacerdote, "para acusarle", atrayendo así la reprensión del Señor (Zac. 3.1s). El salmista piensa que es una calamidad tener a Satanás ubicado a la mano derecha (Sal. 109.6, "un adversario", "un acusador"). Juan nos dice que "el diablo peca desde el principio" (1 Jn. 3.8), y las referencias veterotestamentarias apoyan este concepto.

       La mayor parte de la información que tenemos, sin embargo, proviene del NT, donde el ser supremamente malo se conoce como Satanás o "el diablo" (ho diabolos) indistintamente, empleándose también ocasionalmente Beelzebú (o variantes como Beelzeboul, Bezeboul) (Mt. 10.25; 12.24, 27). Otras expresiones, tales como "príncipe de este mundo" (Jn. 14.30) o "príncipe de la potestad del aire" (Ef. 2.2), también aparecen. Siempre se lo pinta como hostil para con Dios, y obrando en contra de los planes de Dios. Mateo y Lucas nos dicen que cuando comenzó su ministerio Jesús fue sometido a una severa prueba cuando Satanás lo tentó a llevar a cabo su misión con espíritu inadecuado (Mt. 4; Lc. 4; véase también Mr. 1.13). Cuando se completó el período de prueba el diablo lo dejó "por un tiempo, lo cual indica que la lucha volvió a entablarse posteriormente. Esto resulta claro igualmente por la afirmación de que "fue tentado en todo según nuestra semejanza" (He. 4.15). Este conflicto no es incidental. El propósito expreso de la venida de Jesús al mundo fue el de "deshacer las obras del diablo" (1 Jn. 3.8; He. 2.14). En todas partes el NT ve un gran conflicto entre las fuerzas de Dios y el bien, por una parte, y las del mal, al mando de Satanás, por otra. Este no es el concepto de uno u otro de los escritores aisladamente, sino compartido por todos.

       No cabe duda de la seriedad del conflicto. Pedro recalca la ferocidad de la oposición cuando dice que el diablo "como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar" (1 P. 5.8). Pablo piensa más bien en la astucia empleada por el maligno. "Satanás se disfraza como ángel de luz" (2 Co. 11.14), de modo que no debe sorprender que sus esbirros aparezcan atractivamente ataviados. A los efesios se les exhorta a vestir "toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo" (Ef. 6.11), y hay referencias al "lazo del diablo" (1 Ti. 3.7; 2 Ti. 2.26). El efecto de tales pasajes es el de destacar que los cristianos (y hasta los arcángeles, Jud. 9) enfrentan un conflicto que se lleva a cabo no sólo implacable sino astutamente. No tienen la posibilidad de eludir el conflicto. Tampoco pueden suponer que el mal aparecerá siempre como algo obviamente malo. Se hace necesario contar con juicio discriminatorio, como también valentía. Pero la oposición decidida siempre tendrá éxito. Pedro nos exhorta a resistir al diablo "firmes en la fe" (1 P. 5.9), y Santiago dice: "Resistid al diablo, y huirá de vosotros" (Stg. 4.7). Pablo exhorta a no dar "lugar [oportunidad] al diablo" (Ef. 4.27), y lo que sugiere la idea de vestir toda la armadura de Dios es que de este modo el creyente podrá resistir todo lo que quiera hacerle al maligno (Ef. 6.11, 13). Pablo pone su confianza en la fidelidad de Dios. "Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podeis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar" (1 Co. 10.13). Tiene plena conciencia de los recursos con que cuenta Satanás, y de que está siempre procurando obtener "ventaja sobre nosotros". Pero agrega que "no ignorarnos sus maquinaciones", "conozco sus mañas") (2 Co. 2.11).

       Satanás se opone constantemente al evangelio, como podemos ver a lo largo del ministerio del Señor. Obraba a través de los seguidores de Cristo, como cuando Pedro rechazó el concepto de la cruz y tuvo que oír la reprensión, "¡quítate de delante de mí, Satanás!" (Mt. 16.23). Satanás tenía planes adicionales con respecto a Pedro, pero el Señor oró por él (Lc. 22.31s). Obraba también por medio de los enemigos de Jesús, por cuanto Jesús pudo decir de los que se le oponían, "vosotros sois de vuestro padre el diablo" (Jn. 8.44). Todo esto llega a su punto culminante en la pasión. La acción de Judas se atribuye a la actividad del maligno. Satanás "entró … en Judas" (Lc. 22.3; Jn. 13.27). "El diablo … había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase" (Jn. 13.2). Con la cruz a la vista Jesús pudo decir, "viene el príncipe de este mundo" (Jn. 14.30).

       Satanás sigue tentando a los hombres (1 Co. 7.5). Leemos que obró en el caso de un creyente profesante, Ananías ("¿por qué llenó Satanás tu corazón … ?", Hch. 5.8), y en el de un enemigo declarado del camino cristiano, Elimas ("hijo del diablo", Hch. 13.10). El principio general aparece en 1 Jn. 3.8: "El que practica el pecado es del diablo." El hombre puede entregarse hasta tal punto a Satanás que en efecto le llega a pertenecer. Se vuelve "hijo" suyo (1 Jn. 3.10). Así, leemos acerca de la "sinagoga de Satanás" (Ap. 2.9; 3.9), y acerca de hombres que moran "donde está el trono de Satanás" (Ap. 2.13). Satanás entorpece la obra de los misioneros (1 Ts. 2.18). Se lleva la buena semilla sembrada en el corazón de los hombres (Mr. 4.15). Siembra los "hijos del malo" en el campo, que es el mundo (Mt. 13.38s). Su actividad puede producir efectos físicos (Lc. 13.16). Se lo pinta invariablemente como habilidoso y activo.

       Pero el NT ofrece seguridad en cuanto a sus limitaciones y su derrota. Su poder es derivado (Lc. 4.6). Sólo puede ejercer su actividad dentro de los límites que Dios le ha fijado (Job 1.12; 2.6; 1 Co. 10.13; Ap. 20.2, 7). Incluso puede ser usado para impulsar la causa del bien (1 Co. 5.5; cf. 2 Co. 12.. Jesús vio una victoria preliminar en la misión de los Sesenta (Lc. 10.18). Nuestro Señor consideraba que el "fuego eterno" fue "preparado para el diablo y sus ángeles" (Mt. 25.41), y Juan ve el cumplimiento de esto (Ap. 20.10). Ya hemos visto que el conflicto con Satanás llega a su culminación con la pasión. Allí Jesús se refiere a él como el que será "echado fuera" (Jn. 12.31), y "juzgado (Jn. 16.11). Se alude explícitamente a la victoria en He. 2.14; 1 Jn. 3.8. La tarea de los predicadores consiste en convertir a los hombres de la potestad de Satanás a Dios" (Hch. 26.18). Pablo puede decir confiadamente que "el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies (Ro. 16.20).

       El testimonio del NT, por lo tanto, es claro. Satanás constituye una realidad maligna, siempre hostil a Dios y al pueblo de Dios. Pero ya ha sido derrotado en la vida, la muerte, y la resurrección de Cristo, y dicha derrota se hará obvia y completa al final de la era.

 

Belial

       El sentido de esta palabra generalmente resulta claro por su contexto: "hijo de" u "hombre de" Belial significa claramente una persona muy mala. La palabra aparece en el heb. del Sal. 18.4, paralelamente a la palabra "muerte"; de allí la traducción "perdición" ("perversidad"). En la literatura intertestamentaria y en el NT es sinónimo de Satanás (con frecuencia con la ortografía "Beliar"). La derivación, no obstante, es oscura. El texto hebreo, con las vocales masoréticas, tiene bƒléÆya>al, aparentemente de bƒléÆ (‘sin’) y ya>al (‘ganancia’), y por consiguiente significa ‘sin valor’, ‘despreciable’, esto sigue siendo una posibilidad fuerte, aun cuando no sea posible explicar fácilmente el que se haya transformado en nombre propio. Una cantidad de entendidos ha buscado un trasfondo mitológico, por ejemplo Baal-yam (‘Señor Mar’), pero ninguna de las sugestiones ha resultado muy convincente. Una tercera explicación es la de ignorar las vocales masoréticas y derivar la palabra de un verbo heb. baµla> (‘tragar, sumergir’); así el nombre describiría en primer lugar al Seol, como "el Tragador" (la etimología de la palabra "infernal" es semejante).

       Se usan principalmente palabras tales como "perverso", "malvado", "desenfrenado", "vil" para traducir las frases que contienen "Belial" en el heb.

 

Demonio

       I. En el Antiguo Testamento

       En el AT hay referencias a demonios bajo los nombres de sŒaµ>éÆr ("sátiros", Lv. 17.7; 2 Cr. 11.15) y sûeµd_ (Dt. 32.17; Sal. 106.37). El primer vocablo significa ‘peludo’, y se refiere al demonio como sátiro. El segundo vocablo es de significado incierto, aunque evidentemente tiene conexión con una palabra similar. En tales pasajes prevalece el pensamiento de que las deidades que de tiempo en tiempo servía Israel no son verdaderos dioses, sino que en realidad son demonios (1 Co. 10.19s). Pero el tema no reviste gran interés en el AT, y los pasajes que se relacionan con él son pocos.

 

       II. En los evangelios

       Muy distinto es cuando examinamos los evangelios, pues allí hay muchas referencias a los demonios. La designación más común es daimonion, diminutivo de daimoµn, que se encuentra en Mt. 8.31, aunque aparentemente no hay diferencia de significado (los relatos paralelos utilizan daimonion). En los clásicos daimoµn se usa con frecuencia en sentido bueno, con referencia a algún dios, o al poder divino. Pero en el NT daimoµn y daimonion siempre se refieren a seres espirituales hostiles a Dios y a los hombres. Beelzebú (Baal-zebu) es su "príncipe" (Mr. 3.22), de manera que pueden considerarse agentes suyos. En esto radicaba la mordacidad de la acusación de que Jesús tenía un "demonio" (Jn. 7.20; 10.20). Aquellos que se oponían a su ministerio trataron de identificarlo con las fuerzas del mal, en lugar de reconocer su origen divino.

       En los evangelios hay muchas referencias a personas poseídas por demonios, dando como resultado una variedad de efectos, tales como mudez (Lc. 11.14), epilepsia (Mr. 9.17s), la negativa a usar ropa, y el hacer su morada entre las tumbas (Lc. 8.27). A menudo se dice en la actualidad que estar poseído de demonios era simplemente el modo en que la gente del siglo I se refería a las condiciones que hoy describimos como enfemedad o locura. Sin embargo, los relatos que tenemos en los evangelios hacen una distinción entre enfermedad y posesión demoníaca. Por ejemplo, en Mt. 4.24 leemos de los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos (seleµniazomenous, que puede traducirse "lunáticos" justamente, como "epilépticos") y paralíticos". Ninguna de estas clases parece ser idéntica a las restantes.

       Tanto en el AT, como en Hechos y en las epístolas, son pocas las referencias que encontramos a personas poseídas por demonios. (El incidente de Hch. 19.13ss es una excepción.) Aparentemente se trataba de un fenómeno asociado especialmente con el ministerio terrenal de nuestro Señor. Seguramente debe interpretarse como una violenta oposición demoníaca a la obra de Jesús.

       Los evangelios presentan a Jesús en permanente conflicto con los espíritus malos. No era cosa fácil echar a tales seres de los hombres. Los que se oponían a Jesús reconocían que lo podía hacer, y también que se requería un poder más que humano para hacerlo. Por esta razón atribuían su éxito a la presencia de Satanás en él (Lc. 11.15), exponiéndose así a que se les respondiera que proceder de ese modo no haría sino provocar la ruina del reino del maligno (Lc. 11.17s). El poder de Jesús era el del "Espíritu de Dios" (Mt. 12.28) o, como lo expresa Lucas, "si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios …" (Lc. 11.20).

       La victoria que Jesús obtuvo sobre los demonios la compartió con sus seguidores. Cuando envió a sus doce discípulos "les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades" (Lc. 9.1). Más adelante, cuando los setenta volvieron de su misión pudieron informar diciendo, "Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre" (Lc. 10.17). Otros que no eran del círculo íntimo de los discípulos podían invocar su nombre para echar fuera los demonios, hecho que causó cierta perturbación a algunos de los integrantes de dicho círculo, pero no al Maestro (Mr. 9.38s).

 

       III. Otras referencias en el Nuevo Testamento

       Aparte de los evangelios hay pocas referencias a los demonios. En 1 Co. 10.20s Pablo se ocupa del culto a los ídolos, y considera que en realidad son demonios, cosa que también se ve en Ap. 9.20. Hay un interesante pasaje en Stg. 2.19, donde se afirma que "los demonios creen, y tiemblan". Nos recuerda ciertos pasajes en los evangelios en los que los demonios reconocieron en Jesús lo que en realidad era (Mr. 1.24; 3.11, etc.).

       No parece haber ninguna razón a priori para rechazar de plano el concepto de la posesión demoníaca. Cuando los evangelios ofrecen suficientes pruebas de que en realidad hubo tal cosa, lo mejor es aceptar el hecho.

 

Serpiente

       I. Generalidades

       Las serpientes o culebras (Animales) son reptiles que tienen cabeza, cuerpo y cola pero no miembros, y se desplazan por el suelo sobre el vientre, de modo que con su lengua vibrante se las describe con frecuencia como si lamiesen o comiesen polvo (Gn. 3.14; cf. Is. 65.25; Mi. 7.17; e implícitamente, Pr. 30.19). En símil, compárense las naciones arrastrándose como culebras, para reconocer al Dios de Israel (Mi. 7.17) y la huida de Egipto de la batalla como culebra siseante que huye a su refugio (Jer. 46.22, en contraste con el concepto egipcio de la culebra sagrada en la frente del faraón llevándolo a la victoria). La capacidad de diversas culebras para inyectar veneno mortal en la herida cuando muerden o atacan (Gn. 49.17; Ec. 10.8, 11; implícitamente, Mt. 7.10; Lc. 11.11) entra en muchos símiles bíblicos. Los temas que abarcan estos símiles incluyen el carácter perjudicial de los malos (Dt. 32.33 [hebreos rebeldes]; Sal. 58.4; 140.3) o el exceso de vino (Pr. 23.32), el día del Señor (Am. 5.19), y en metáfora opresores extranjeros (Is. 14.29). Como la guerra, el hambre, etc., la mordedura de la serpiente podía figurar entre los juicios y castigos divinos (Nm. 21.4–6; Jer. 8.17; Am. 9.3), y a los siervos de Dios podía serles concedida la liberación de este perjuicio (Mr. 16.18; Lc. 10.19; cf. Hch. 28.3–6). Algunas serpientes podían ser encantadas (Ec. 10.11), otras se consideraban "sordas" a las técnicas del encantador (Sal. 58.4–5; Jer. 8.17). Es posible que haya encantadores de serpientes representados en amuletos escaraboides egipcios.

       Además de la palabra general naµh\aµsû, ‘culebra, serpiente’, y sŒaµraµf, ‘ardiente’, el heb. posee varias palabras más para serpientes. El antiguo vocablo pet_en (Dt. 32.33; Job 20.14, 16; Sal. 58.4; 91.13; Is. 11.8; "áspid") aparece como bt_n en los textos ugaríticos del ss. XIV a.C. Se la considera con frecuencia como la cobra egipcia, y es el "áspid" de los escritores clásicos. La cobra dio origen a dos jeroglíficos egipcios. Este animal venenoso da sentido a pasajes como Dt. 32.33 y Job 20.14, 16. La palabra <ef>eh (Job 20.16; Is. 30.6; 59.5) es idéntica al ár. afa>aÆ, y como dicha palabra, parece ser un término general adicional para serpientes y a veces más específicamente para víboras. En Gn. 49.17 ("víbora") con frecuencia se piensa que el heb. sûƒféÆfoÆn representa la víbora cerastes: ya sea la "víbora cornuda", Cerastes cornutus, o la que no tiene cuernos, Vipera cerastes, o ambas. En Egipto y Palestina estas víboras han sido muy conocidas desde tiempos antiguos, y en Egipto dieron origen al jeroglífico para la "f", por las palabras onomatopéyicas fy, fyt, ‘Víbora cerastes’. La identificación de >ak_sûuÆb_ en Sal. 140.3 es incierta; en Ro. 3.13 se traduce por el gr. aspis, ‘áspid’. La palabra s\if>oÆnéÆ se traduce "áspid" en Pr. 23.32; Is. 11.8; 59.5; Jer. 8.17, igual que s\efa> en Is. 14.29; por cierto que estos vocablos denotan culebras de algún tipo. El animal que se colgó de la mano de Pablo en Hch. 28.3 se considera a menudo como la víbora común de la región mesopotámica; la misma palabra griega (ejidna) se usa en las poderosas metáforas de Mt. 3.7; 12.34; 23.33; Lc. 3.7.

 

       II. Casos específicos

       a. La primera serpiente en las Escrituras es la astuta criatura de Gn. 3, usada por Satanás para alienar al hombre de Dios (Ro. 16.20; 2 Co. 11.3), dirigida por el diablo como los demonios en ciertos hombres y cerdos en los días del NT. Por su parte, la serpiente quedó sujeta a la maldición de que jamás se levantaría de su (ya acostumbrada) posición, que la obligaba a arrastrarse (Gn. 3.14). De este modo la serpiente quedó como símbolo bíblico de engaño (Mt. 23.33), y el archiengañador mismo es "la antigua serpiente" (Ap. 12.9, 14–15; 20.2); los cristianos deberían imitar a la serpiente en su legendaria sabiduría aun cuando no lo hagan en ningún otro sentido (Mt. 10.16).

       b. Una señal realizada por Moisés ante Israel (Ex. 4.2–5, 28–30) y por Moisés y Aarón ante Faraón (Ex. 7.8–12) consistió en arrojar su vara de modo que se convirtiese en serpiente y volver a tomarla convertida en vara, habiendo esta tragado en la segunda ocasión las varas-serpientes de los magos egipcios.

       c. En el desierto la rebelde Israel fue castigada en cierta oportunidad mediante un ataque de "serpientes ardientes" (naµh\aµsû sŒaµraµf), cuyo veneno era mortal (Nm. 21.4–9; cf. Dt. 8.15). Cuando Israel buscó liberación Dios mandó a Moisés que erigiese la figura de una serpiente de bronce sobre un palo, de modo que los que fueran mordidos pudiesen mirarla, confiando en el poder de curación de Dios, y vivir (Serpientes de bronce). El término sŒaµraµf, ‘abrasador’, o ‘ardiente’, podría referirse al efecto del veneno de las culebras mencionadas; reaparece en Is. 14.29 y 30.6 (donde "voladoras" podría referirse a la velocidad con la que atacan dichos reptiles, como si fuesen "aladas", como en el uso árameo moderno.

       d. Algunas referencias hebreas a "serpientes" se aplican más bien a otros seres temibles, o se usan en sentido metafórico para ciertas grandes potencias militares en el mundo bíblico. Así, es probable que la "serpiente" de Am. 9.3 sea algún habitante grande de las profundidades antes que una culebra. En Is. 27.1 la espada a eregirse contra el "leviatán serpiente veloz, y al leviatan serpiente tortuosa; y … [el] dragón que está en el mar" más probablemente expresaba juicio venidero sobre Asiria (tierra del veloz Tigris), Babilonia (del zigzagueante Éufrates), y Egipto (tannéÆn, ‘dragón, monstruo’, como en Ez. 29.3; 32.2) respectivamente. Es posible que Isaías esté anunciando aquí el juicio de Dios sobre esas tierras paganas en función del antiguo mito cananeo de la destrucción de Lotán o Leviatán por Baal y de los muchos cuentos mesopotámicos de dragones y serpientes (Labbu, Zu, etc.) que matan, amén de la mención del derrocamiento egipcio de Apep, condenándolos mediante sus propias imágenes populares. En Job 26.13 la identidad de la "serpiente tortuosa" en relación con el cielo es dudosa. Dado que la serpiente puede representar a Satanás (Ap. 12.7–10, 14–15; 20.2) posiblemente se podría comparar aquí su designación alternativa (?) de Estrella (caída) de la mañana ("Lucero"), con quien se compara al rey de Babilonia en Is. 14.12, 15; Jud. 6 y 2 P. 2.4.

       En ninguno de estos casos los pasajes, bíblicos o no bíblicos, se refieren a una lucha entre la deidad y un monstruo en momentos de la creación, por cuanto en ellos el acto de herir a la serpiente se lleva a cabo dentro de un mundo ya creado. Más todavía, el Tiamat babilónico, cuya muerte a manos de Marduk sí se asocia con la creación, no es una serpiente o un dragón, y por lo tanto no ofrece tampoco apoyo alguno para suponer una lucha entre deidad y serpiente/dragón en la creación.

       En la mitología y los cultos cananeos, mesopotámicos, anatólicos y egipcios, se conocen deidades serpentarias, y las serpientes en diversos contextos constituyen símbolos de protección (áspid egipcio), del mal (por ejemplo Apep o Apopis egipcio), de fecundidad (las diosas del sexo egipcio cananeas), o de la continuidad de la vida (simbolizada mediante los sucesivos cambios de piel. Para pedestales de altares con serpientes modeladas en ellos. En algunos textos se nóta la prescripción del sacrificio de "una cabeza de ganado menor (para) Anat-Lotán" y un conjuro contra culebras.

 

Anticristo

       La expresión antijristos se encuentra en la Biblia sólo en las epístolas joaninas (1 Jn. 2.18, 22; 4.3; 2 Jn. 7), pero la idea que encierra está muy extendida. Probablemente debiéramos entender la fuerza de anti como indicación de oposición, más bien que como una pretensión falsa, el anticristo es uno que se opone a Cristo más bien que el que pretende ser el Cristo. Si esto es así, entonces deberíamos incluir bajo el encabezamiento "anticristo" pasajes tales como Dn. 7.7s, 21 ss, y los de 2 Ts. 2 y de Apocalipsis que se refieren a la fuerte oposición que las fuerzas del mal han de ofrecerle a Cristo en los últimos días.

       El concepto aparece en Juan como algo y a muy conocido ("oísteis que el anticristo viene", 1 Jn. 2.18). Pero si bien no discute el hecho de que al final de esta época aparecerá un ser malo, llamado "anticristo", Juan insiste en que hay un clima, una actitud, característicos del anticristo, y que eso ya existe. Más aun, Juan afirma que ya hay en el mundo "muchos anticristos" (1 Jn. 2.18). Ofrece algo que se asemeja a una definición de anticristo cuando dice: "Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo" (1 Jn. 2.22). Esto se vuelve algo más explícito cuando el criterio se convierte en la negativa a reconocer "que Cristo ha venido en carne" (2 Jn. 7). Para Juan resulta básico el que en Cristo Jesús veamos a Dios obrando para la salvación del hombre (1 Jn. 4.9s). Cuando el hombre niega esto no sólo es culpable de un error doctrinal sino que socava el fundamento mismo de la fe cristiana. Hace la obra de Satanás al oponerse a las cosas de Dios. Al final de la era esto caracterizará la obra del supremo representante del mal. Y los que en menor medida hacen lo mismo ahora demuestran por ese mismo hecho que son sus secuaces.

       Pablo no usa el término "anticristo", pero el "hombre de pecado" del que escribe en 2 Ts. 2.3ss se refiere claramente al mismo ser. La característica de este individuo es que "se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto" (v. 4). Pretende ser Dios (ibid.). No es Satanás, pero su "advenimiento es por obra de Satanás" (v. 9). No puede decirse que todas las dificultades de este pasaje se hayan aclarado y, en particular, la identidad del hombre de pecado se sigue debatiendo acaloradamente. Pero para lo que nos interesa en este momento los puntos principales están suficientemente claros. Pablo piensa que el esfuerzo supremo de Satanás no está vinculado con el pasado, sino con el futuro. No cree que el mundo evolucione gradualmente hacia un estado perfecto, sino que el mal continuará hasta el momento final. Entonces el mal hará su mayor desafío al bien, y dicho desafío será dirigido por la misteriosa figura que le debe su poder a Satanás, y que será el instrumento del desafío culminante de Satanás a las cosas de Dios. Pablo está seguro del desenlace final. Cristo consumirá al hombre de pecado "con el espíritu de su boca" (v. 8). El supremo y postrer desafío de Satanás será aniquilado.

       Este es indudablemente el significado de parte, por lo menos, de las metáforas del libro de Apocalipsis. Los eruditos bíblicos de ningún modo están satisfechos en cuanto a la forma correcta de interpretar dicho libro, pero casi todos están de acuerdo en que algunas de las visiones se refieren a la contienda final de las fuerzas del mal con Cristo. Algunas veces el simbolismo se refiere claramente a Satanás. Así "el gran dragón escarlata" de Ap. 12.3 se equipara expresamente con Satanás (v. 9). Pero la "bestia" de Ap. 11.7 no. Esta está íntimamente relacionada con Satanás, como lo demuestran sus obras. Hay otras figuras similares (Ap. 13.11, etc.). No es nuestro propósito aquí equiparar a alguna de ellas en particular con el anticristo, sino simplemente señalar el hecho de que este libro también tiene presente a uno que está facultado por Satanás para oponerse a Cristo en los días postreros. Puede decirse con justicia que esto es característico de la perspectiva cristiana en cuanto a los días postreros.

 

Espíritus Malos

       La frase "espíritu(s) malo(s)" (poneµra) se encuentra sólo en 6 pasajes (Mateo, Lucas, Hechos). Hay 23 referencias a "espíritus inmundos" (akatharta) (en los evangelios, Hechos, Apocalipsis), y todos parecen ser casi iguales. Así en Lc. 11.24 "el espiritu inmundo" sale de un hombre, pero cuando regresa lo hace acompañado de "otros siete espíritus peores que él" (v. 26). Del mismo modo, "espíritus inmundos" y "demonios" son términos intercambiables, porque ambos se aplican al endemoniado gadareno (Lc. 8.27, 29).

       Parece que estos seres eran considerados en más de un sentido. Podían causar incapacidad física (Mr. 1.23; 7.25). Más todavía, en la mayoría de las ocasiones en que se mencionan en el NT es en tales casos. Parecería que no se los relacionaba con ninguna cuestión moral, porque la persona así atormentada no era excluida de los lugares de culto, tales como la sinagoga. Parece que la idea era que el espíritu era malo (inmundo) en el sentido de que producía efectos funestos. Pero a la víctima no se la consideraba como particularmente mala o corrupta en ningún sentido. Sin embargo, el espíritu mismo no debía ser considerado en forma neutral. En todas partes debía ser resistido y vencido. A veces leemos que Jesús procedió personalmente de esta manera (Mr. 5.8; Lc. 6.18), otras veces que tal poder era delegado a sus seguidores (Mt. 10.1), o que ellos mismos lo ejercían (Hch. 5.16; 8.7). Aparentemente los espíritus forman parte de las fuerzas satánicas, y en consecuencia se consideran enemigos de Dios y de los hombres.

       En algunos casos es evidente que los espíritus están relacionados con el mal moral. Esto sucede en el caso del "espíritu inmundo" que sale del hombre y regresa con otros peores que él (Mt. 12.43–45). El relato indica la imposibilidad de que el hombre logre una reforma moral expulsando a los demonios de su interior. Debe también operararse la entrada del Espíritu de Dios. Pero para el propósito que nos interesa aquí es suficiente observar que los espíritus son malos y pueden ocasionar daño. Se considera también que los espíritus inmundos "a manera de ranas" de Ap. 16.13 obran el mal, por cuanto reúnen las fuerzas de iniquidad para la gran batalla final.

       Pasajes como los mencionados indican que desde el punto de vista bíblico la maldad no es algo puramente impersonal. Es capitaneada por Satanás y, de la misma manera en que existen poderes subalternos al servicio del bien, los ángeles, así también hay poderes subalternos al servicio del mal. Su aparición está relacionada mayormente con la encarnación (con un resurgimiento en los últimos días) dado que se oponen a la obra de Cristo.

 

Posesión Demoníaca

       La aparente posesión por espíritus es un fenómeno mundial. Se trata de algo que puede buscarse deliberadamente, como han hecho siempre, por medio del chamán y el hechicero, los pueblos primitivos, y por medio del médium tanto los pueblos primitivos como los civilizados. Puede sobrevenirle a ciertos individuos repentinamente, como en el caso de los que presencian ritos vudú, o también en la forma que generalmente se ronoce como posesión demoníaca. En cada caso, la persona poseída se comporta de una manera que no le es normal, habla en un tono de voz totalmente diferente de lo normal, y a menudo exhibe poderes de telepatía y clarividencia.

       En la Biblia los profetas paganos probablemente buscaban este tipo de posesión. En esta categoría figurarían los profetas de Baal de 1 R. 18. Los médium, que estaban proscritos en Israel, deben haber cultivado deliberadamente la posesión, ya que la ley los considera personas culpables, y no enfermas (por ejemplo Lv. 20.6, 27). En el AT Saúl constituye un ejemplo sobresaliente de posesión no buscada. El espíritu lo abandona, y "le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová" (1 S. 16.14; 19.9). Con toda justicia podríamos interpretar esto diciendo que si una persona se ha abierto en forma poderosa al Espiritu Santo en sentido carismático, la desobediencia puede ocasionar la entrada en su vida de un espíritu malo permitido por Dios. Por otro lado, podríamos decir simplemente que "malo" no reviste aquí connotación moral, sino que significa depresión. El espíritu "malo" es ahuyentado por la música de David: ya que normalmente, cuando se tocaba algún instrumento, se acompañaba con canto, es probable que hayan sido los salmos cantados por David los que ahuyentaban al espíritu, como se sugiere.

       El NT registra muchos casos de posesión demoníaca. Daría la impresión de que Satanás reunió sus fuerzas de una manera especial para desafiar a Cristo y a sus seguidores. Los relatos en los evangelios demuestran que Cristo hacía una distinción entre las enfermedades comunes y aquellas que acompañaban a la posesión demoníaca. Las primeras eran curadas colocando las manos sobre el enfermo, o por ungimiento, las otras ordenando al demonio que saliera del poseído (por ejemplo Mt. 10.8; Mr. 6.13; Lc. 13.32; también Hch. 8.7; 19.12). Aparentemente la posesión no era siempre continua, pero cuando se producía sus efectos eran a menudo violentos (Mr. 9.18). La ceguera y la mudez, cuando eran causadas por una posesión demoníaca, presumiblemente eran persistentes (por ejemplo Mt. 9.32–33; 12.22).

       La mayoría de los psicólogos descarta la idea de la posesión demoníaca. Se sostiene que los equivalentes de la posesión demoníaca en el día de hoy constituyen "un complejo de fenómenos compulsivos particularmente extensos". Por otro lado, tenemos que, se considera que la posesión demoníaca es un fenómeno genuino, y la mayoría de los misioneros probablemente estaría de acuerdo.

       Es posible adoptar una posición intermedia y sostener que un demonio puede apropiarse de una faceta reprimida de la personalidad, y desde este punto central ejercer influjo sobre las acciones del individuo. El demonio puede producir ceguera o mudez histéricas, o síntomas de otras enfermedades, tales como la epilepsia. En muchos pueblos los ataques epilépticos se han considerado como señal de que la persona está poseída por un espíritu o un dios, y la verdad es que los epilépticos son con frecuencia psíquicamente sensibles. La Biblia no vincula la epilepsia con la posesión demoníaca, y aun la descripción de los ataques del muchacho poseído de Mt. 17.14s; Mr. 9.14s; Lc. 9.37s, parece indicar algo más que mera epilepsia. Se desconoce todavía la naturaleza de la epilepsia, pero puede ser provocada artificialmente en personas aparentemente normales. Quienes estudian las perturbaciones de la personalidad saben que muchas veces es imposible explicar cómo se originan. No estamos afirmando que todas, ni aun la mayoría, de las perturbaciones psíquicas son consecuencia de posesión demoníaca, pero algunas pueden serlo.

       La Biblia no dice cuáles son las condiciones que predisponen a la posesión demoníaca, aunque las palabras de Cristo en Mt. 12.44–45 indican que una "casa desocupada" puede ser nuevamente ocupada. La iglesia primitiva echaba fuera los demonios en el nombre de Jesucristo (Hch. 16.18), pero parece ser que también había exorcistas no cristianos que lograban algún éxito (Lc. 11.19; pero nótese Hch. 19.13–16).

       El mandamiento de "probar los espíritus" en 1 Jn. 4.1–3 demuestra que había falsos profetas en la iglesia que hablaban bajo posesión. Ya que los espiritistas dan mucha importancia a este versículo, debe tenerse en cuenta que la Biblia nunca habla de ser poseído por un espíritu bueno que ha partido, o por un ángel. Las alternativas son el Espíritu Santo o un espíritu maligno. Véase también 1 Co. 12.1–3.

 

 

 

Nota:
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