Santificación, Santificar
Este sustantivo y el verbo correspondiente, derivados del latín sanctus, ‘santo’,
y facere, ‘hacer’, traducen el hebreo adsû y el griego. hagiasmos, hagiazoµ.
El sentido básico de la raíz hebrea qdsû se indica diversamente como (1)
"colocar aparte", (2) "brillo". El primero podría subyacer
a referencias a la santidad o la santificación en función de posición,
estado, relación, donde las palabras se traducen "cortado", "separado",
"apartado para uso exclusivo", "dedicado", o "consagrado",
"considerado sagrado o santo en contraste con lo común, profano o
secular". El segundo podría subyacer a aquellos usos que se relacionan
con la condición, el estado o el proceso, que en el NT lleva a la idea de una
transformación interior que se efectúa gradualmente, dando como resultado la
pureza, la rectitud moral, y los pensamientos santos y espirituales que se
expresan en una vida externa de bondad y piedad.
I. En el Antiguo Testamento
Los dos conjuntos de significados bosquejados arriba pueden designarse
aproximadamente como el sacerdotal y el profético, aunque no se excluyen
mutuamente. La referencia principal de ambos es hacia Dios.
a. Se describe a Dios como santo en su majestad, misterioso en su numinosa
otridad, majestuosamente alejado del hombre, el pecado y la tierra (Ex. 3.5;
Is. 63ss).
Se exhorta al pueblo a considerar al Señor de los ejércitos como santo (Is.
8.13), y Dios dice que se santificará a sí mismo y que será santificado en o
por ellos, reconocido en sus soberanas pretensiones (de igual manera será
glorificado, su sublimidad será reconocida a través de la actitud de su
pueblo y de su relación con él).
Cualquier cosa o persona santificada se reconoce como apartada por Dios como
también por el hombre (por ejemplo el día de reposo, Gn. 2.3; el altar, Ex.
29.37; el tabernáculo, Ex. 29.44; las vestiduras, Lv. 8.30; el ayuno, Jl. 1.
l4; la casa, Lv. 27.14; la tierra, Lv, 27.17; el pueblo, Ex. 19.14; la
congregación, Jl. 2.16; los sacerdotes, Ex. 28.41). Esto no involucra
necesariamente un cambio interior. El ritual ceremonial de la ley hacía
provisión para las infracciones de las que el pueblo de Dios, que fue apartado
por él para pertenecerle exclusivamente, a fin de que fuese usado como
instrumento suyo, fuera culpable.
b. Si bien se trataba principalmente de instancias externas y rituales de
santificación, a veces iban acompañados de una realidad interior más
profunda. La exhortación de Dios, "sed santos, porque yo soy santo",
requería una respuesta moral y espiritual del pueblo, reflejo de las
excelencias morales divinas de justicia, pureza, odio al mal moral,
preocupación amorosa por el bienestar de otros en obediencia a su voluntad;
porque el Santo de Israel estaba activamente dedicado a promover el bien de su
pueblo (Ex. 19.4) a la vez que se mantenía separado del mal. Su santidad era
tanto trascendente como inmanente (Dt. 4.7; Sal. 73.28), y la de ellos debía
caracterizarse por lo mismo. Los profetas estaban alertas a los peligros de una
santificación puramente externa, y por ello exhortaban al pueblo a reverenciar
a Dios; incluso llegaban a menospreciar las observancias externas "santas"
cuando no iban acompañadas de santidad práctica (Is. 1.4, 11; 8.13). Los
hijos de Israel se estaban desviando de la santidad de Dios debido a su vida
impía entre las naciones. Estaban dejando de observar la ley de la santidad (Lv.
17–26) que combinaba admirablemente tanto los aspectos morales como los
rituales.
II. En el Nuevo Testamento
Hay ocho referencias a la "santificación" (hagiasmos) y otros dos
casos en los que la misma palabra se traduce "santidad". Tres
términos griegos adicionales se traducen "santidad" (hagioteµs,
hagioµsyneµ, hosioteµs). Como en el AT, encontramos un doble uso de la
santificación, pero hay diferencias significativas. Los dos usos sinópticos
del verbo "santificar" son ceremoniales o rituales. Nuestro Señor
habla del templo que santifica el oro y el altar que santifica la ofrenda (Mt.
23.17, 19). Aquí el significado primario es consagración; el oro y la ofrenda
se dedican, apartan, y consideran como especialmente sagrados y valiosos por su
relación con el templo y el altar que ya son santos. En un uso paralelo de
este concepto, pero más exaltado y más directamente espiritual ya que tiene
que ver con la esfera personal, Cristo se santifica o consagra a sí mismo para
su obra de sacrificio, el Padre lo santifica, y pide a sus seguidores que
"santifiquen" (considerar con sagrada reverencia, asignar un lugar
único) al Padre (Jn. 10.36; 17.19; Mt. 6.9). Una ampliación adicional del
pensamiento aparece en la santificación del pueblo por Cristo mediante su
propia sangre (He. 13.12) y posiblemente en Jn. 17.17 con la santificación de
los creyentes por el Padre mediante la palabra de verdad.
Con respecto a este último versículo y otros semejantes la palabra "posiblemente"
se usa intencionalmente porque la idea de la "santificación" parece
aquí ampliar su significado en la dirección de un cambio moral y espiritual.
La Epístola a los Hebreos establece un puente entre los significados externo e
interno de la santificación. Mediante su sacrificio Cristo santifica a sus
hermanos no sólo en el sentido de apartarlos sino también en el de dotarlos
para el culto y el servicio a Dios. Esto lo logra haciendo propiciación por
los pecados de los mismos (He. 2.17) y limpiando sus conciencias de obras
muertas (He. 9.13ss). Esta santificación no se concibe, sin embargo,
principalmente como un proceso sino como un hecho consumado, "porque con
una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados" (He.
10.10, 14 . Al mismo tiempo la exhortación a crecer en a santificación no
está ausente (cf. He. 12.14, donde la santidad es más un estado que una
posición).
Si bien en Hebreos la "santificación" es semejante a la "justificación"
en epístolas tales como Romanos y Gálatas, la distinción entre los usos del
término "santificación" en estos escritos no debe extremarse. Pablo
usa el término en dos sentidos también. En algunos casos lo considera como
una posición conferida a los creyentes que están en Cristo tanto para la
santificación como para la justificación. La palabra derivada "santo"
se refiere principalmente a la posición en Cristo ("santificados en
Cristo Jesús, 1 Co. 1.2; 1 P. 1.2). Santificación vicaria es el privilegio
del cónyuge creyente y sus hijos cuando una de las partes es creyente; aquí
también se trata de santificación basada en la posición (1 Co. 7.14).
El segundo significado de la santificación en Pablo se relaciona con la
transformación moral y espiritual del creyente justificado a quien Dios
regenera y da nueva vida. La voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Ts.
4.3), y ser enteramente santificados es ser conformados a la imagen de Cristo y
de esta manera comprobar por experiencia lo que es tener la imagen de Dios.
Cristo es el contenido y la norma de la vida santificada: es su vida de
resurrección la que se reproduce en el creyente a medida que va creciendo en
la gracia y refleja la gloria de su Señor. En esta experiencia progresiva de
liberación de la letra de la fe y el espiritu del hombre es liberado por el
Espíritu del Señor (2 Co. 3.17–18). El Espíritu Santo es el que opera la
santificación del hombre, pero obra por medio de la palabra de verdad y la
oración de fe, y mediante la comunión de los creyentes (Ef. 5.26) en la
medida en que se prueban a si mismos a la luz del ideal del amor del Espíritu
y del indispensable ingrediente de la santidad (He. 12.14). La fe, que es
producida ella misma por el Espíritu, echa mano a los recursos santificantes.
Así como la justificación supone liberación de la pena impuesta como
consecuencia del pecado, la santificación supone liberación de la
contaminación del pecado y de las miserias a que lleva, como también de su
poder. No obstante, por lo que hace a la intensidad y la amplitud de esta
última liberación, como también a los pasos para llegar a ella, hay mucha
discusión. La oración para que Dios santifique a los creyentes enteramente a
fin de que todo su espíritu, alma y cuerpo sean preservados sin culpa hasta la
venida de Cristo va seguida de la afirmación de que "fiel es el que os
llama, el cual también lo hará" (1 Ts. 5.23–24). Esto plantea tres
interrogantes de importancia.
a. ¿Se trata de algo que Dios lleva a cabo en forma instantánea?
¿Acaso la santificación por la fe significa que la santificación plena se
recibe como un don en forma semejante a la justificación, de tal modo que el
creyente se convierte en santo instantáneamente y entra de una vez para
siempre en un estado de santidad efectiva y práctica? Algunos sostienen que al
pasar por una experiencia de crisis, posterior a la conversión, el viejo
hombre es crucificado de una vez por todas, y que en el curso de esa
experiencia se extrae la raíz del pecado o se erradica el principio que lo
sustenta. Algunos van más allá y recalcan la necesidad de la recepción y el
ejercicio de los dones del Espíritu (principalmente el don de lenguas) como
indicación de que se ha efectuado dicha obra del Espíritu. Otros consideran
que la enseñanza neotestamentaria se opone claramente a esta interpretación y
que la existencia misma de las epístolas con sus exposiciones doctrinales
razonadas, sus argumentos, sus advertencias y exhortaciones, la contradice.
b. ¿Se trata de algo que Dios lleva a cabo en el curso de la vida terrena del
creyente?
Tanto entre los que recalcan que la santificación es una experiencia de crisis
como los que la ven más bien como un proceso se encuentran algunos que afirman
haber alcanzado niveles sumamente elevados de vida santificada. Subrayando
mandatos tales como "sed, pues, vosotros perfetos" (Mt. 5.48), y no
interpretando "perfección" en este caso como "madurez",
sostienen que el amor perfecto es alcanzable en esta vida. Sin embargo,
pretensiones exageradas de este tipo, que suponen "perfección inmaculada",
generalmente restan importancia tanto a la descripción del pecado como al
nivel de vida moral que se exige. Se define al pecado como "la
transgresión voluntaria de una ley conocida" (Wesley) y no como "cualquier
falta de conformidad a la ley de Dios o transgresión de la misma" (Catecismo
breve de Westminster); esta última es una definición que abarca tanto nuestro
estado pecaminoso como los pecados de omisión y los pecados cometidos en forma
abierta y deliberada. Otros, aceptando que la santidad invariable y la
perfección intachable tal vez no sean posibles, afirman que, no obstante, es
posible lograr la posesión perfecta del motivo perfecto del amor.
Hay una reducción del nivel moral en la afirmación de Finney de que la Biblia
"limita expresamente la obligación a la capacidad". "El
lenguaje mismo de la ley", escribe, "es tal que nivela sus exigencias
a la capacidad del sujeto, por grande o pequeño que sea dicho sujeto. ‘Amarás
a tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con
todas tus fuerzas.’ Por lo tanto, resulta claro aquí que todo lo que la ley
demanda es el ejercicio de la fuerza que tengamos, puesta al servicio de Dios.
Ahora bien, como la santificación completa consiste en la obediencia perfecta
a la ley de Dios, y como la ley no exige ni más ni menos que el uso correcto
de la medida de fuerza que tengamos, queda definitivamente resuelto,
naturalmente, que el estado de entera santificación es alcanzable en esta vida
sobre la base de la capacidad natural". Lamentablemente este argumento
está basado en una interpretación errónea de Dt. 6.5.
c. ¿Se lleva a cabo todo esto sin la participación del creyente?
Los que minimizan el pecado y el nivel de santidad que Dios exige corren el
peligro de recalcar excesivamente la iniciativa humana en la santificación.
Hay, empero, un extremo opuesto que deja toda la responsabilidad de la
santificación a Dios. Se espera que Dios produzca al santo instantáneamente,
o que gradualmente vaya llenando al cristiano de gracia o del Espíritu. Esto
equivale a reducir al hombre a un simple robot sin fibra moral y por ende a
producir virtualmente una santificación inmoral—lo cual resulta
contradictorio—. Aquellos a quienes preocupa el carácter intrínseco del
espíritu humano niegan esas operaciones impersonales del Espíritu Santo.
Támbién dudan de la afirmación de que el Espíritu obra directamente sobre
el inconsciente, más bien que mediante las funciones conscientes de la mente
del hombre.
El creyente no debe hacerse ilusiones en cuanto a la intensidad de la lucha con
el pecado (Ro. 7–8; Gá. 5), pero debe comprender también que la
santificación no se obtiene en cuotas sencillamente en virtud de los propios
esfuerzos de la persona por contrarrestar sus propias tendencias pecaminosas.
Hay progresión en los logros morales pero también se efectúa una obra
misteriosa de santificación dentro de él. Más aun, no se trata simplemente
de un sinergismo mediante el cual tanto el Espíritu como el creyente
proporcionan algo. La acción es atribuible tanto al Espiritu como al creyente
en la paradoja de la gracia. Dios Espíritu obra mediante el fiel
reconocimiento de la ley de la verdad y de la respuesta del creyente al amor, y
el resultado neto es la madurez espiritual expresada en el cumplimiento de la
ley del amor para con el prójimo. Para el creyente que por la fe en la obra de
Cristo "se purifica a sí mismo" por el Espíritu (1 Jn. 3.3) la
consumación de la santificación se indica mediante la seguridad de que "sabemos
que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal
como él es" (1 Jn. 3.2) Ver