Propiciación
Propiciación significa, estrictamente, la remoción de la ira por medio de una
ofrenda. En el AT se expresa por medio del verbo kipper (Expiación). En el NT
el grupo de voces relacionadas con hilaskomai es el de mayor importancia. En
los tiempos modernos el concepto mismo de la propiciación ha recibido fuertes
críticas por contener, a juicio de los que así opinan, ideas indignas acerca
de Dios. Muchos sostienen que el término propiciación debería abandonarse a
favor de expiación, que es lo que hacen.
La objeción a la propiciación se origina, en gran medida, en una objeción a
la idea de la ira de Dios, que muchos exponentes de este punto de vista
consideran un arcaísmo. Piensan que el hombre moderno no puede aceptar
semejante concepto. Pero los hombres del AT no temian tales inhibiciones. Para
ellos Dios "está airado contra el impío todos los días" (Sal.
7.11). No dudan de que el pecado provoca inevitablemente la más fuerte de las
reacciones por parte de Dios, y que no se le puede acusar de debilidad moral,
sino que se opone vigorosamente a toda forma y tipo de mal. Si bien es
"lento para la ira" (Neh. 9.17, etc.), no por ello dejara de mostrar
su ira frente al pecado. Incluso podemos leer "Jehová, tardo para la ira
y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, aunque de
ningún modo tendrá por inocente al culpable" (Nm. 14.8). Aun en un
pasaje que se refiere a la longanimidad de Dios encuentra mención su negativa
a condonar la culpa. La idea de que Dios es lento para la ira lejos está, para
los hombres del AT, de ser axiomática. Se trata de algo maravilloso y
sorprendente; es aterrador y totalmente inesperado (Salvación).
Pero aunque estaban seguros de la ira de Dios ante todo pecado, también
estaban seguros de que era posible aplacar esa ira, generalmente por medio de
un sacrificio apropiado. Esto se debía, en última instancia, no a la eficacia
del sacrificio en sí, sino a Dios mismo. Dios dice: "Yo os la he dado
para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas" (Lv. 17.11). El
perdón no es algo que logramos extraerle a una deidad poco dispuesta a
perdonar, sino la dádiva gratuita de un Dios que está ansioso por perdonar.
Es así que el salmisma puede decir: "Pero él, misericordioso, perdona la
maldad, y no los destruía; y apartó muchas veces su ira, y no despertó todo
su enojo" (Sal. 78.38). El aplacamiento de la ira de Dios no es algo que
consiguen los hombres; se debe nada menos que a Dios mismo, el que "apartó
su ira".
En el NT hay varios pasajes en los que aparece la expresión "la ira de
Dios", pero los elementos probatorios pertinentes no se limitan
únicamente a ellos. En todo el NT encontramos el concepto de que Dios se opone
vigorosamente al pecado. El pecador no se encuentra en condición adecuada,
sino que se ha malquistado con Dios. No puede esperar sino la severidad del
juicio divino. Llamémosle "ira de Dios" o no, el concepto está
presente. Y si bien ira es un término al que podríamos oponer algunas
objeciones bien fundadas, es el término bíblico y no se ha sugerido ningún
sustituto satisfactorio.
La fuerza del concepto neotestamentario de la propiciación se ve en el
término que aparece en Ro. 3.24s. Somos "justificados gratuitamente por
su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso
como propiciación por medio de la fe en su sangre". La fuerza del
argumento de Pablo hasta este punto reside en que todos, tanto judíos como
gentiles, se hallan bajo la condenación de Dios, "porque la ira de Dios
se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres"
(Ro. 1.18). Pablo nos muestra, primero, que el mundo gentil se halla bajo la
condenación de Dios, y luego, que el mundo judío se encuentra en la misma
situación. Es contra este fondo que ve la obra de Cristo, que no salvó a los
hombres de la nada, sino que los liberó de un verdadero peligro. La sentencia
de juicio ya había sido pasada contra ellos, y la ira de Dios pendía sobre
sus cabezas. Pablo pone gran énfasis en la ira de Dios en estos capítulos
iniciales, y en consecuencia la obra salvífica de Cristo debe incluir la
liberación del hombre de los efectos de esa ira. El término "propiciación"
describe dicha liberación. No hay otra cosa que pueda expresar este
pensamiento en el crítico pasaje de Ro. 3.21ss, que expone la manera en que
Dios se ocupa de este aspecto de la situación humana. Se debe aceptar que
hilasteµrion significa aquí algo muy semejante a "propiciación".
En 1 Jn. 2.2 se describe a Jesús como "la propiciación por nuestros
pecados", y en el versículo anterior como "nuestro abogado para con
el padre". Si necesitamos un abogado ante Dios, sin duda nuestra
situación debe ser peligrosa; nos encontramos ante un verdadero peligro. Todo
esto nos ayuda a comprender que debemos entender aquí el término "propiciacion"
en su sentido usual. El escritor describe la actividad de Jesús a favor de los
hombres como una actividad que aleja de ellos la ira divina.
Pero el concepto bíblico de la propiciación no depende de algún pasaje
específico. Es un reflejo del sentido general de su doctrina. La "propiciación"
es un recordatorio de que Dios se opone implacablemente a todo lo que sea malo,
que su oposición puede describirse correctamente como "ira", y que
solamente la obra expiatoria de Cristo puede remediarla.
[El término "expiación" se usa en algunas versículos modernas en
lugar de "propiciación", por ejemplo 1 Jn. 4.10. Se ha objetado la
palabra "propiciación" con el argumento de que significa calmar a un
Dios airado, idea que no se encuentra en las Escrituras. Por lo tanto se emplea
"expiación" en su lugar. Pero la cuestión no es tan simple. La
expiación propiamente dicha tiene como objeto una cosa. Podemos expiar un
delito o un pecado. Propiciación es un término personal. Propiciamos una
persona más bien que un pecado (aunque no debemos pasar por alto el hecho de
que la Biblia ocasionalmente usa "propiciar" cuando el objeto es el
pecado, y en este caso el significado es el de "hacer propiciación con
respecto al pecado"). Si hemos de pensar en nuestra relación con Dios
como algo básicamente personal, no podemos hacer a un lado el concepto de la
propiciación. Aquellos que abogan por el uso de expiación tienen que resolver
interrogantes como estos: ¿Por qué debe expiarse el pecado? ¿Cuáles son las
consecuencias si no hay expiación? ¿Está la mano de Dios en dichas
consecuencias? Expiación es un término valioso solamente si podemos responder
con un "no" rotundo la última pregunta. Si el pecado es un algo, y
podemos tratarlo como tal, eliminarlo, arrojarlo lejos de nosotros, etc,,
entonces con toda propiedad podemos hablar de expiación. Pero si el pecado
afecta las relaciones del hombre con Dios, si la relación con Dios es lo
prioritario, resulta difícil aceptar que la palabra expiación sea adecuada.
Una vez que introducimos la categoría de lo personal, necesitamos algún
término equivalente a propiciación.
Pareciera, entonces, que a pesar de las decididas afirmaciones de algunos, la
expiación no es la solución a nuestras dificultades. Las ideas que expresan
las palabras que generalmente se traducen "propiciación" no están
adecuadamente resguardadas por el uso del término "expiación".

Nota:
Toda las citas biblicas deben ser revisadas en su Biblia. 2 Co. 3:6b.