)
Hay cuatro raíces heb. principales. h\t\< es la más común, voz que, con
sus derivados, transmite la idea general de errar el blanco o desviarse de la
meta (Jue. 20.16 para un uso no moral). Una gran proporción de las veces en
que aparece se refiere a una desviación moral y religiosa, ya sea con respecto
a los hombres (Gn. 20.9), o a Dios (Lm. 5.7). Frecuentemente se utiliza el
sustantivo h\at\t\aµ<t_ como término técnico para ofrenda por el pecado (Lv.
4). Esta raíz no se refiere a la motivación interior de la acción errónea,
sino que se concentra más en su aspecto formal como desviación de la norma
moral, generalmente la ley o la voluntad de Dios (Ex. 20.20; Os. 13.2). psû>
se refiere a la acción en torno a la ruptura de una relación, "rebelión",
"revolución". Aparece en sentido no teológico, por ejemplo con
referencia a la secesión de Israel de la casa de David (1 R. 12.19). Cuando se
lo aplica al pecado es quizás el más profundo de los términos del AT, que
refleja el hecho de que el pecado es rebelión contra Dios, el desafío de su
santo senorío y gobierno (Is. 1.28; 1 R. 8.50). >wh transmite un sentido
literal de perversión, "torcimiento", o "trastorno"
deliberados (Is. 24.1; Lm. 3.9). En relación con el pecado refleja el
pensamiento del pecado como un mal realizado deliberadamente, "hacer
iniquidad" (Dn. 9.5; 2 S. 24.17). Aparece en contextos religiosos,
particularmente en forma sustantiva, >aµwoÆn, que destaca la idea de la
culpa que surge del mal deliberadamente cometido (Gn. 44.16; Jer. 2.22).
También puede referirse al castigo que recae sobre el pecado (Gn. 4.13; Is.
53.11). La idea básica de sûaµg÷aÆh es la desviación del camino correcto
(Ez. 34.6). Es indicativo del pecado producido por la ignorancia, el "errar",
"desviarse como criatura" (1 S. 26.21; Job 6.24). A menudo aparece en
contexto cúltico como pecado contra reglamentaciones rituales no reconocidas (Lv.
4.2). También debemos referirnos a raµsûa>, ser malo, actuar
maliciosamente (2 S. 22.22; Neh. 9.33); y >aµmal, el mal hecho a otros (Pr.
24.2; Hab. 1.13).
El principal término neotestamentario es hamartia (y sus cognados), que
equivale a h\t\<. Se emplea en el griego clásico en el sentido de errar el
blanco o tomar un camino equivocado. Es el término neotestamentario general
para el pecado como acción concreta, como violación de la ley divina (Jn.
8.46; Stg. 1.15; 1 Jn. 1.8). En Ro. 5–8 Pablo personifica el término como
principio rector de la vida humana (5.12; 6.12, 14; 7.17, 20; 8.2). paraptoµma
aparece en contextos clásicos para un error de medición o un desatino. El NT
le confiere una connotación moral más fuerte, como mala acción o
transgresión ("muertos en …", Ef. 2.1; Mt. 6.14s). parabasis es un
término derivado en forma similar y con significado parecido, "transgresión",
"ir más allá de la norma" (Ro. 4.15; He. 2.2). asebeia es quizás
el más profundo de los términos neotestamentarios, y comúnmente traduce psû>
en la LXX. Implica maldad o impiedad activas (Ro. 1.18; 2 Ti. 1.16). Otro
término es anomia, desobediencia, desprecio por la ley (Mt. 7.23; 2 Co. 6.14).
kakia y poneµria son términos generales que expresan depravación moral y
espiritual (Hch. 8.22; Ro. 1.29; Lc. 11.39; Ef. 6.12). La última de estas
referencias indica la relación entre el segundo término mencionado
anteriormente y Satanás, el malo, ho poneµros (Mt. 13.19; 1 Jn. 3.12). adikia
es el principal término clásico para el mal que se le hace al prójimo. Se
traduce de diferentes maneras: "injusto" (Lc. 18.6), "injusticia"
(Jn. 7.18; Ro. 2.8; 9.14), "iniquidad" (2 Ti. 2.19). 1 Jn. lo
equipara con hamartia (1 Jn. 3.4; 5.17). También tenemos enojos, término
legal que significa "culpable" (Mr. 3.29; 1 Co. 11.27), y ofeileµma,
‘deuda’ (Mt. 6.12).
No obstante, la definición de pecado no se deriva simplemente de los términos
utilizados en la Escritura para hacer referencia a él. La característica más
típica del pecado en todos sus aspectos es que está dirigido contra Dios
(Sal. 51.4; Ro. 8.7). Cualquier concepción del pecado que no ponga en primer
plano la oposición que le ofrece a Dios es una desviación de la
representación bíblica. El concepto popular de que el pecado es egoísmo
delata una falsa apreciación de su naturaleza y gravedad. Esencialmente el
pecado está dirigido contra Dios, y sólo esta perspectiva explica la
diversidad de sus formas y actividades. Es violación de aquello que la gloria
de Dios exige, y por lo tanto, en su esencia misma es lo que se opone a Dios.
II. Origen
El pecado estaba ya presente en el universo desde antes de la caída de Adán y
Eva (Gn. 3.1s; Jn. 8.44; 2 P. 2.4; 1 Jn. 3.8; Jud. 6). La Biblia, sin embargo,
no se ocupa directamente del origen del mal en el universo, sino que trata más
bien del pecado y su origen en la vida del hombre (1 Ti. 2.14; Stg. 1.13s). El
verdadero impacto de la tentación demoníaca en la narración de la caída en
Gn. 3 radica en la sutil sugerencia de la aspiración humana a llegar a ser
igual a su hacedor ("seréis como Dios …", 3.5). Satanás dirigió
su ataque contra la integridad, la veracidad, y la amante provisión de Dios, y
su propuesta consistió en estimular una perversa y blasfema rebelión contra
el verdadero Señor del hombre. Con este acto el hombre hizo un intento de
alcanzar la igualdad con Dios (Fil. 2.6), trató de expresar su independencia
de él, y, por lo tanto, de cuestionar tanto la naturaleza misma como el orden
de la existencia mediante el cual vive como criatura, en completa dependencia
de la gracia y las estipulaciones de su creador. "El pecado del hombre
radica en su pretensión de ser Dios". Con este acto, aun más, el hombre
cometió una blasfemia al negarle a Dios el culto y la amorosa adoración que
debe ser siempre la respuesta correcta del hombre a la majestad y la gracia
divinas, y en lugar de ello rindió homenaje al enemigo de Dios, y a sus
propias ambiciones envilecidas.
Por consiguiente, según Gn. 3, no debe buscarse el origen del pecado en una
acción abierta (2.17 con 3.6), sino en una aspiración interior de negar a
Dios, de la cual el acto de desobediencia sólo fue la expresión inmediata. En
cuanto al problema de cómo pudieron Adán y Eva haberse visto envueltos en
tentación si anteriormente no habían conocido pecado, la Escritura no entra
en una discusión detallada. No obstante, en la persona de Jesucristo da
testimonio de un Hombre que fue sometido a tentación "en todo según
nuestra semejanza, pero sin pecado" (He. 4.15; Mt. 4.3s; He. 2.17s; 5.7s;
1 P. 1.19; 2.22s). El origen último del mal es parte del "misterio de la
iniquidad" (2 Ts. 2.7), pero una razón discutible del relativo silencio
de la Escritura es que una "explicación racional" del origen del
pecado daría como resultado inevitable el hacer que la atención se desvíe
del propósito principal de la Escritura, que es la confesión de mi culpa
personal. En última instancia, dada la naturaleza de la cuestión, el
pecado no es algo que se pueda "conocer" objetivamente; "el
pecado se postula a sí mismo".
III. Consecuencias
El pecado de Adán y Eva no fue un hecho aislado. Las consecuencias para ellos,
para la posteridad, y para el mundo entero están a la vista.
a. La actitud del hombre hacia Dios
El cambio de actitud de Adán hacia Dios indica la revolución que tuvo lugar
en su mente. "Se escondieron de la presencia de Jehová" (Gn. 3.8).
Aunque fueron creados para gozar de la presencia y el compañerismo de Dios,
ahora temían encontrarse con él (Jn. 3.20). Ahora sus emociones dominantes
eran la vergüenza y el temor (Gn. 2.25; 3.7, 10), lo que indica el caos que se
produjo.
b. La actitud de Dios hacia el hombre
No sólo se produjo un cambio en la actitud del hombre hacia Dios, sino
también en la de Dios hacia el hombre. El reproche, la condenación, la
maldición, y la expulsión del huerto son indicaciones de ello. El pecado
sólo proviene del hombre, pero sus consecuencias no se limitan a él. El
pecado evoca la ira y el desagrado de Dios, y por cierto que así tiene que
ser, desde el momento en que justamente significa la contradicción de lo que
es Dios. A Dios le resulta imposible ser complaciente con el pecado, porque el
serlo significaría dejar de considerarse a sí mismo seriamente. Dios no puede
negarse a sí mismo.
c. Consecuencias para la raza humana
El desenvolvimiento de la historia del hombre proporciona un catálogo de
vicios (Gn. 4.8, 19, 23s; 6.2–3, 5). La consecuencia de la sobreabundante
iniquidad es la virtual destrucción de la humanidad (Gn. 6.7, 13; 7.21–24).
La caída tuvo efectos duraderos, no sólo en Adán y Eva, sino también sobre
todos los que de ellos descienden; hay solidaridad racial en el pecado y el
mal.
d. Consecuencias para la creación
Los efectos de la caída se extienden más allá del cosmos físico. "Maldita
será la tierra por tu causa" (Gn. 3.17; Ro. 8.20). El hombre es corona de
la creación, hecho a imagen de Dios, y, en consecuencia, es vicerregente de
Dios (Gn. 1.26). La catástrofe de la caída del hombre trajo aparejada la
catástrofe de la maldición sobre aquello de lo cual se le había dado dominio.
El pecado es un hecho que se dio en la esfera del espíritu humano, pero que ha
repercutido en toda la creación.
e. La aparición de la muerte
La muerte es consecuencia del castigo que merece el pecado. Esta fue la
advertencia que acompañó a la prohibición en el Edén (Gn. 2.17), y es
expresión directa de la maldición de Dios sobre el hombre pecador (Gn. 3.19).
En la esfera de lo fenoménico, la muerte consiste en la separación de los
elementos integrales del ser del hombre. Esta disolución ejemplifica el
principio de la muerte, a saber, la separación, y alcanza su expresión
extrema en la separación de Dios (Gn. 3.23s). A causa del pecado la muerte
provoca temor y terror en el hombre (Lc. 12.5; He. 2.15).
IV. Imputación
El primer pecado de Adán tuvo un significado único para toda la raza humana
(Ro. 5.12, 14–19; 1 Co. 15.22). Aquí se hace hincapié en forma sostenida en
la sola y única transgresión de un solo hombre como aquello por lo cual el
pecado, la condenación, y la muerte recayeron sobre toda la humanidad. Se
identifica al pecado como "la transgresión de Adán", "la
transgresión del uno", "una transgresión", "la
desobediencia de uno", y no puede haber duda de que aquí se hace
referencia a la primera transgresión de Adán. En consecuencia, la cláusula
"por cuanto todos pecaron" en Ro. 5.12 se refiere al pecado de todos
en el pecado de Adán. No puede referirse a los pecados que cometen todos los
hombres, y mucho menos a la depravación hereditaria que aflije a todos, porque
en el vv. 12 la cláusula en cuestión dice claramente por qué "la muerte
pasó a todos los hombres", y en los versículos siguientes se expresa que
"la transgresión de uno solo" (v. 17) es la causa del reinado
universal de la muerte. Si no se refiriese al mismo pecado, Pablo estaría
afirmando dos cosas diferentes con referencia al mismo asunto en el mismo
contexto. La única explicación en cuanto a las dos formas de expresión es
que todos pecaron en el pecado de Adán. Podemos hacer la misma inferencia
sobre la base de 1 Co. 15.22, "en Adán todos mueren". Si todos
mueren en Adán, la razón es que todos pecaron en él.
Según la Escritura, el tipo de solidaridad con Adán que explica la
participación de todos en el pecado de Adán, es el tipo de solidaridad que
Cristo mantiene con aquellos que están unidos a él. El paralelo en Ro. 5.12–19;
1 Co. 15.22, 45–49 entre Adán y Cristo indica el mismo tipo de relación en
ambos casos, y no tenemos necesidad de postular nada más definitivo en el caso
de Adán y la raza que lo que encontramos en el caso de Cristo y los suyos. En
este último caso se trata de una cabeza representativa, y esto es todo lo que
hace falta para afirmar la solidaridad de todos en el pecado de Adán. Decir
que el pecado de Adán se imputa a todos es decir que todos estuvieron
involucrados en su pecado, en razón de ser él la cabeza representativa.
Aunque la imputación del pecado de Adán fue inmediata, como se puede
comprobar por el testimonio de los pasajes pertinentes, el juicio de
condenación que recayó sobre Adán, y en consecuencia sobre todos los hombres
en él, se considera confirmado, en la Escritura, en cuanto a su justicia y
corrección, por la experiencia moral subsiguiente de cada hombre. De ese modo,
queda ampliamente corroborado Ro. 3.23, que "todos pecaron", por
referencia a los pecados específicos y visibles de judíos y gentiles (Ro.
1.18–3.8), antes de que Pablo haga referencia alguna a la imputación en
Adán. De manera similar la Escritura relaciona universalmente el juicio final
del hombre ante Dios con sus "obras", que no alcanzan a cumplir las
exigencias divinas (Mt. 7.21–27; 13.41; 25.31–46; Lc. 3.9; Ro. 2.5–10; Ap.
20.11–14).
El rechazo de esta doctrina no sólo indica incapacidad de aceptar el
testimonio de los pasajes pertinentes, sino también incapacidad de apreciar la
estrecha relación que existe entre el principio que gobierna nuestra relación
con Adán, y el que gobierna la operación de Dios en la salvación. El
paralelo entre Adán como primer hombre y Cristo como último Adán muestra que
la realización de la salvación en Cristo está basada en el mismo principio
operativo que aquel por medio del cual nos convertimos en pecadores y herederos
de la muerte. La historia de la humanidad queda finalmente resumida bajo dos
complejos: pecado-condenación-muerte y justicia-justificación-vida. El
primero surge de nuestra unión con Adán; el segundo proviene de nuestra
unión con Cristo. Estas son las dos órbitas en las que vivimos y nos movemos.
El gobierno de los hombres por parte de Dios se lleva a cabo en función de
estas relaciones. Si no entendemos nuestra relación con Adán no podemos
comprender correctamente a Cristo. Todos los que mueren, mueren en Adán; todos
los que adquieren vida, la reciben de Cristo.
V. La depravación
El pecado nunca consiste simplemente en un acto voluntario de transgresión.
Toda volición surge de algo que tiene raíces más profundas que la volición
misma. Un acto pecaminoso es la expresión de un corazón pecaminoso (Mr. 7.20–23;
Pr. 4.23; 23.7). El pecado siempre ha de incluir, por lo tanto, la perversidad
del corazón, la mente, la disposición, y la voluntad. Así fue, como vimos
anteriormente, en el caso del primer pecado, y es igual con todo pecado. En
consecuencia, la imputación del pecado de Adán a la posteridad debe
comprender la participación en la perversidad, aparte de lo cual carecería de
sentido el pecado de Adán, y su imputación se convertiría en una
abstracción imposible. Pablo expresa que "por la desobediencia de un
hombre los muchos fueron constituidos pecadores" (Ro. 5.19). La
depravación que supone el pecado, y con la cual todos los hombres llegan al
mundo, es por esta razón consecuencia directa de nuestra solidaridad con Adán
en su pecado. Como individuos venimos al mundo por generación natural, y como
individuos nunca existimos aparte del pecado de Adán, contado como nuestro
propio pecado. Por ello escribió el salmista que "he aquí, en maldad he
sido formado, y en pecado me concibió mi madre" (Sal. 51.5), y nuestro
Señor afirmó que "lo que es nacido de la carne, carne es" (Jn.
3.6).
El testimonio de la Escritura con respecto a la capacidad de penetración de
dicha depravación es explícito. Gn. 6.5; 8.21 presenta un caso cerrado. La
segunda referencia aclara que esta acusación no estaba restringida al período
anterior al juicio del diluvio. No hay forma de evadir la fuerza de este
testimonio desde las primeras páginas de la revelación divina, y las
declaraciones posteriores tienen el mismo efecto (Jer. 17.9–10; Ro. 3.10–18).
Cualquiera sea el punto de vista desde el cual miremos al hombre, veremos la
ausencia de aquello que place a Dios. Si consideramos este punto de un modo
más positivo, todos se han alejado de Dios, y se han corrompido. En Ro. 8.5–7
Pablo menciona el pensar de la carne, y carne, cuando se emplea éticamente
como aquí, significa la naturaleza humana dirigida y gobernada por el pecado (Jn.
3.6). Además, según Ro. 8.7, "los designios de la carne son enemistad
contra Dios". No podríamos formular un juicio más condenatorio, porque
significa que el pensamiento del hombre natural está condicionado y gobernado
por la enemistad hacia Dios. Nada menos que un juicio de depravación total es
la clara inferencia de estos pasajes, que no hay área o aspecto de la vida
humana que quede absuelta de los sombríos efectos de la condición del hombre
caído, y en consecuencia, no hay área que pudiera servir de base para la
justificación del hombre por sí mismo frente a Dios y su ley.
La depravación, sin embargo, no se registra en transgresiones reales en igual
grado para todos. Hay una cantidad de factores que la restringen. Dios no
entrega a todos los hombres a la inmundicia, a una mente corrupta, y a una
conducta impropia (Ro. 1.24, 28). La depravación total (total, es decir, en el
sentido de que engloba todo) no es incompatible con el ejercicio de las
virtudes naturales y la promoción de la justicia civil. El hombre no
regenerado todavía está dotado de conciencia, y la obra de la ley está
escrita en su corazón, de modo que en alguna medida, y en ciertos puntos,
cumple sus requerimientos (Ro. 2.14s). La doctrina de la depravación significa,
sin embargo, que estas obras, aunque formalmente concordantes con lo que
demanda Dios, no son buenas y agradables a Dios en función de los criterios
totales y finales que determinan su juicio, los criterios del amor a Dios como
motivo alentador, de la ley de Dios como principio directriz, y de la gloria de
Dios como objetivo regulador (Ro. 8.7; 1 Co. 2.14; Mt. 6.2, 5, 16; Mr. 7.6–7;
Ro. 13.4; 1 Co. 10.31; 13.3; Tit. 1.15; 3.5; He. 11.4, 6).
VI. La inhabilidad
La inhabilidad se refiere a la incapacidad que proviene de la naturaleza de la
depravación. Si la depravación es total, que afecta todos los aspectos y las
áreas de la persona, entonces la inhabilidad para lo que es bueno y agradable
a Dios también es inclusiva en su referencia.
No podemos cambiar nuestro carácter o actuar en contra de él. En lo que se
refiere a comprensión, el hombre natural no puede conocer las cosas del
Espíritu de Dios, debido a que se disciernen espiritualmente (1 Co. 2.14). Con
respecto a la obediencia a la ley de Dios, no sólo no está sujeto a la ley de
Dios, sino que no puede estarlo (Ro. 8.7). Los que están en la carne no pueden
agradar a Dios (Ro. 8.8). El mal árbol no puede dar buen fruto (Mt. 7.18). En
cada caso la imposibilidad es innegable. Es nuestro Señor mismo quien afirma
que es imposible tener fe en él aparte del don del Padre y su llamamiento (Jn.
6.44, 65). Este testimonio del Señor concuerda con su insistencia en que
aparte del nacimiento sobrenatural de agua y del Espíritu nadie puede adquirir
una apreciación inteligente del reino de Dios, ni entrar en él (Jn. 3.3, 5s,
8; Jn. 1.13; 1 Jn. 2.29; 3.9; 4.7; 5.1, 4, 18).
La necesidad de una transformación y recreación tan radical e importante como
lo es la regeneración, es prueba de la veracidad del testimonio de la
Escritura en cuanto a la esclavitud del pecado y a la situación desesperada de
nuestra condición pecaminosa. Esta esclavitud implica que la imposibilidad que
experimenta el hombre natural de recibir las cosas del Espíritu, amar a Dios y
hacer lo que a él le agrada, o creer en Cristo para la salvación de su alma,
es de carácter psicológico, moral, y espiritual. Esta esclavitud es la
premisa del evangelio, y la gloria del evangelio se halla precisamente en el
hecho de que ofrece liberación de la esclavitud y las ataduras del pecado. Es
el evangelio de gracia y poder para el desvalido.
VII. Responsabilidad
Como el pecado es contra él, Dios no puede pasarlo por alto o ser indiferente
con respecto al mismo. Dios reacciona inevitablemente contra él. Esta
reacción es, específicamente, su ira. La frecuencia con que la Escritura
menciona la ira de Dios nos obliga a considerar su realidad y su significado.
El AT emplea diversos términos. En hebreo, <af, en el sentido de "enojo",
e intensificado en la forma h‡roÆn <af para expresar "la intensidad
de la ira de Dios" es muy común (Ex. 4.14; 32.12; Nm. 11.10; 22.22; Jos.
7.1; Job 42.7; Sal. 21.9; Is. 10.5; Nah. 1.6; Sof. 2.2); heµmaÆ también es
frecuente (Dt. 29.23; Sal. 6.1; 79.6; 90.7; Jer. 7.20; Nah. 1.2); <eb_raÆ
(cf. Sal. 78.49; Is. 9.19; 10.6; Ez. 7.19; Os. 5.10) y qes\ef (Dt. 29.28; Sal.
38.1; Jer. 32.37; 50.13; Zac. 1.2) se emplean con suficiente frecuencia como
para merecer mención; za>am también es característico, y expresa la idea
de indignación (Sal. 38.3; 69.24; 78.49; Is. 10.5; Ez. 22.31; Nah. 1.6). Es
evidente que el AT está lleno de referencias a la ira de Dios. A menudo
aparecen juntos más de uno de estos términos, para reforzar y confirmar el
pensamiento que expresan. Los términos mismos están cargados de intensidad,
como así también las construcciones en que aparecen para transmitir la idea
de desagrado, encendida indignación, y santa venganza.
Los términos griegos son orgeµ y thymos, el primero frecuentemente con
referencia a Dios en el NT (Jn. 3.36; Ro. 1.18; 2.5, 8; 3.5; 5.9; 9.22; Ef.
2.3; 5.6; 1 Ts. 1.10; He. 3.11; Ap. 6.17), y el último menos frecuentemente
(Ro. 2.8; Ap. 14.10, 19; 16.1, 19; 19.15; véase zeµlos en He. 10.27).
En consecuencia, la ira de Dios es una realidad, y el lenguaje y las
enseñanzas de las Escrituras están calculados para hacernos captar la
severidad que la caracteriza. Hay tres observaciones que requieren mención
especial.
Primero, no debe interpretarse la ira de Dios en función de la pasión
antojadiza tan comúnmente relacionada con la ira en nosotros. Es el deliberado
y decidido desagrado que demanda la contradicción de su santidad.
En segundo lugar, no debe tomarse como venganza, sino como santa indignación;
no hay en ella nada que pertenezca a la naturaleza de la malicia. No se trata
de un odio maligno, sino de una justa detestación.
Tercero, no debemos limitar la ira de Dios a su voluntad de castigar. La ira es
una manifestación positiva de su insatisfacción, tan segura como lo es su
complacencia ante lo que le agrada. No debemos privar a Dios lo que nosotros
llamamos emoción. La ira de Dios tiene su paralelo en el corazón humano,
ejemplificado de manera perfecta en Jesús (Mr. 3.5; 10.14).
La consecuencia de la culpabilidad del pecado es, por lo tanto, la santa ira de
Dios. Como el pecado nunca es impersonal, sino que existe en las personas, y es
cometido por ellas, la ira de Dios consiste en el desagrado que recae sobre
ellas; nosotros somos objeto de ella. Los castigos penales que sufrimos son
expresión de la ira de Dios. El sentimiento de culpa y el tormento de la
conciencia son reflejo, en nuestro nivel consciente, del desagrado de Dios. La
esencia de la perdición final consistirá en la aplicación de la indignación
de Dios (cf. Is. 30.33; 66.24; Dn. 12.2; Mr. 9.43, 45, 48).
VIII. La derrota del pecado
A pesar de lo sombrío del tema, la Biblia nunca abandona totalmente una nota
de esperanza y optimismo cuando se ocupa del pecado; porque el núcleo de la
Biblia es su testimonio acerca de la poderosa ofensiva de Dios contra el pecado,
en su histórico propósito de redención centrado en Jesucristo, el último
Adán, su eterno Hijo, salvador de los pecadores. En mérito a la obra toda de
Cristo (su nacimiento milagroso, su vida de perfecta obediencia, en forma
suprema su muerte en la cruz y su resurrección de entre los muertos, su
ascensión y ubicación a la derecha del Padre, su reinado en la historia y su
glorioso retorno) el pecado ha sido vencido. Su autoridad rebelde y usurpadora
ha sido derrotada, sus absurdas pretensiones han sido expuestas, sus viles
maquinaciones desenmascaradas y neutralizadas, los funestos efectos de la
caída en Adán contrarrestados y desechos, mientras que el honor de Dios ha
sido vindicado, su santidad satisfecha, y su gloria extendida.