Ministerios
Para expresar la idea de ministerio sacerdotal o profesional, el AT normalmente
emplea el verbo sûaµrat_ y sus correlativos (LXX leitourgein), mientras que
>aµb_ad_ (latreuein) se refiere más bien al servicio religioso de toda la
congregación o de un individuo. El término característico en el NT es
diakonia, que sólo aparece en Ester entre los libros veterotestamentarios,
pero no se emplea allí como función sacerdotal; además, el cambio en el
lenguaje presupone, también, un cambio doctrinal, ya que el ministerio en
sentido neotestamentario no es privilegio exclusivo de una casta sacerdotal. Se
retiene leitourgia para describir la labor del sacerdocio judaico (Lc. 1.23;
He. 9.21), y también se aplica al más excelente ministerio de Cristo (He.
8.6); además, puede aplicarse, en sentido metafórico, al servicio espiritual
que prestaban los profetas y los predicadores del evangelio (Hch. 13.2; Ro.
15.16). Pero en general podemos afirmar que el NT utiliza lenguaje sacerdotal
solamente con referencia al cuerpo de creyentes en conjunto (Fil. 2.17; 1 P.
2.9).
I. Cristo como modelo
La vida de Cristo proporciona el modelo del ministerio cristiano; el vino, no a
ser servido, sino a servir (Mt. 20.28; Mr. 10.45); el verbo que se usa en estos
versículos es diakonein, que sugiere algo así como servir a la mesa, y
recuerda la ocasión en la que Jesús lavó los pies de los discípulos (Jn.
13.4ss). Resulta significativo que en la primera ocasión en que se registra
una ordenación al ministerio cristiano se declare que el propósito del oficio
es el de "servir a las mesas" (Hch. 6.2); y la misma palabra se
emplea en dicho capítulo (v. 4) para describir el servicio de la palabra,
ejercido hasta ese momento por los doce apóstoles. El ministro de Cristo, al
seguir el ejemplo de su Maestro, presta un humilde pero amoroso servicio a las
necesidades de la humanidad en general, en el mismo espíritu en que los
ángeles (Mt. 4.11; Mr. 1.13) y las mujeres (Mt. 27.55; Lc. 8.3) sirvieron al
Señor en la tierra. Se considera que dicho servicio se presta a Cristo en la
persona de los necesitados (Mt. 25.44); con mayor frecuencia se presta a los
santos (Ro. 15.25; 1 Co. 16.15; 2 Co. 8.4; 9.1; He. 6.10); pero es un servicio
mutuo en el seno del cuerpo de Cristo (1 P. 4.10); y, al igual que el
ministerio del evangelio (1 P. 1.12), es, en realidad, un ministerio de
reconciliación (2 Co. 5.18) para el mundo.
La capacidad de llevar a cabo esta tarea es un don de Dios (Hch. 20.24; Col.
4.17; 1 Ti. 1.12; 1 P. 4.11); ya en Ro. 12.7 se lo clasifica dentro de una
lista de
Dones
Espirituales; y en 1 Ti. 3.8ss el diaconado se ha convertido en
función eclesiástica reconocida, probablemente accesible a las mujeres
también Ro. 16.1). Pero aun así, se sigue empleando en término en
sentido más amplio; Timoteo debe cumplir su ministerio haciendo la obra de
evangelista (2 Ti. 4.5); y el gran objetivo de esta obra de servicio es la de
edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4.12). En palabras de teologos, Cristo
elevó "todos los grados y modelos de servicio a una esfera superior …
convirtiéndose así el ministerio en uno de los objetivos principales de toda
acción cristiana"; y se aplica el término genérico a todas las formas
de ministerio en el seno de la iglesia.
II. Ministerio pastoral
Cristo es no solamente el modelo para el diaconado, sino también, como el buen
Pastor (Jn. 10.11), el gran Obispo de las almas de los hombres (1 P. 2.25). En
cierto sentido, ambas funciones se originan en el ejemplo de Cristo mismo,
mientras que el del Presbitero es reflejo del ministerio instituido por él en
el apostolado (1 P. 5.1). Pero sería erróneo destacar demasiado estas
distinciones, ya que los términos obispo y presbítero son virtualmente
sinónimos, y el diaconado abarca muchas formas de ministerio subordinado. El
cuidado pastoral del rebaño es parte prominente del deber ministerial (Jn.
21.15–17; Hch. 20.28; 1 P. 5.2), y se halla íntimamente relacionado con la
predicación de la palabra (1 Co. 3.1–2) como el pan de vida (Jn. 6.35), o la
leche espiritual no adulterada (1 P. 2.2). La parábola de Lc. 12.41–48
indica que debe continuar en la iglesia algún ministerio de este tipo hasta
que Cristo regrese.
III. Deberes sacramentales
Poco nos dice el NT, comparativamente, sobre el tema de los deberes
sacramentales; Pablo consideraba la administración del bautismo como una
actividad secundaria, que acostumbraba delegar a sus ayudantes (1 Co. 1.17; Jn. 4.1s; Hch. 10.48); y aunque es natural que un apóstol, cuando está
presente, presida el partimiento del pan (20.7), no obstante, se considera que
la celebración de la Cena del Señor es una actividad de toda la congregación
(1 Co. 10.16s; 11.25). No obstante, desde el principio debe haber habido
necesidad de un presidente; y ante la ausencia de un apóstol, un profeta, o un
evangelista, resulta natural que este deber haya recaído sobre uno de los
presbíteros u obispos locales.
IV. Dones espirituales
En su forma más primitiva, el ministerio cristiano es carismático, es decir, es
un don espiritual o dotación sobrenatural, cuyo ejercicio da testimonio de la
presencia del Espíritu Santo en la iglesia. Así, la profecía y la glosolalia
ocurren cuando Pablo pone sus manos sobre algunos creyentes comunes después
del bautismo (Hch. 19.6); y las palabras pronunciadas en esa ocasión indican
que el hecho fue, hasta cierto punto, repetición de la experiencia pentecostal
(Hch. 2).
En las epístolas paulinas aparecen tres listas de las diferentes formas que
puede adoptar este ministerio, y es notable que cada lista incluye funciones
administrativas al lado de otras más evidentemente espirituales. En Ro. 12.6–8 tenemos
profecía, servicio (diakonia), enseñanza, exhortación, reparto (limosnas), el presidir ("prestar
auxilios") y la realización de actos de misericordia (visitar los pobres
y los enfermos [?]). En 1 Co. 12.28 encontramos apóstoles, profetas, y
maestros junto a los dotados con poder para obrar milagros, curar enfermos,
ayudar, administrar, o hablar en lenguas. El catálogo más oficial de Ef. 4.11
menciona apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores combinados con
maestros, todos los cuales trabajan para perfecccionar a los santos en su
servicio cristiano, de modo que toda la iglesia pueda crecer en relación
orgánica con su divina Cabeza. Aquí vemos que se pone el acento en el
ministerio de la palabra, pero el fruto de tal ministerio es el servicio mutuo
en amor. Los diferentes dones que aparecen en los pasajes mencionados son más
bien funciones o maneras de servir, antes que cargos regulares y estereotipados;
una misma persona podía actuar en diferentes capacidades, pero su posibilidad
de cumplir cualquiera de ellas dependía de la guía del Espíritu. En realidad,
todos los cristianos han sido llamados a ministrar, en sus diversas capacidades
(Ro. 15.27; Fil. 2.17; Flm. 13; 1 P. 2.16), y es para dicho ministerio que los
preparan los Ministros de la palabra
(Ef. 4.11s).
No solamente se incluyó a los Doce en el apostolado, sino también a Pablo,
Jacobo el hermano del Señor (Gá. 1.19), que también había visto al Señor
resucitado, a Bernabé (Hch. 14.14; 1 Co. 9.5s), que era compañero de Pablo en
la evangelización; y a Andrónico y Junias (Ro. 16.7). El requisito primario
de un "Apóstol" era el de haber sido testigo ocular del ministerio
terrenal de Cristo, y especialmente de su resurrección (Hch. 1.21–22), y su
autoridad dependía del hecho de haber sido de alguna manera comisionado por
Cristo, ya sea en los días en que vivió en la carne (Mt. 10.5; 28.19), o
después de su resurrección de entre los muertos (Hch. 1.24; 9.15). Los
apóstoles y los ancianos podían reunirse en concilio para decidir un modo de
obrar común para la iglesia (Hch. 15.6ss), y podía enviarse a los apóstoles
como delegados de la congregación original para supervisar alguna actividad
iniciada en otra localidad (Hch. 8.14ss). Pero el cuadro de un colegio
apostólico en sesión permanente en Jerusalén no tiene apoyo histórico
alguno, mientras que la gran obra del apóstol consistía en actuar como
misionero para la propagación del evangelio. Como tal, sus obras debían ser
confirmadas por señales de aprobación divina (2 Co. 12.12). De este modo, el
ministerio apostólico no estaba limitado por lazos locales, aunque podía
haber una división de tareas, como por ejemplo entre Pedro y Pablo (Gá. 2.7–8).
El "evangelista" ejercía un ministerio similar de misión
irrestricta, y parecería que su trabajo era idéntico al del apóstol, excepto
por la carencia de la calificación especial para la función superior; Felipe,
originalmente uno de los Siete, se convirtió en evangelista (Hch. 21.8), y se
aplica el mismo título a Timoteo (2 Ti. 4.5), aunque implícitamente se lo
excluye (2 Co. 1.1) del rango apostólico.
Por su misma naturaleza, la profecía era un don intermitente, pero algunas
personas eran dotadas con tal regularidad que formaron una clase especial de
"profetas". Los había en Jerusalén (Hch. 11.27), Antioquía (Hch.
13.1), y Corinto (1 Co. 14.29); los mencionados por nombre incluyen a Judas y
Silas (Hch. 15.32), y Agabo (Hch. 21.10), junto con Ana (Lc. 2.36) y la
pretendida profetisa Jezabel (Ap. 2.20). La profecía aportaba edificación,
exhortación, y consolación (1 Co. 14.3; Hch. 15.32), y consecuentemente
podríamos describirla como enseñanza inspirada. El profeta podía transmitir
un mandato específico (Hch. 13.1–2), o en algunas ocasiones vaticinar el
futuro (Hch. 11.28). Como sus mensajes eran transmitidos en un idioma conocido,
eran más beneficiosos que la simple glosolalia (1 Co. 14.23–25). Pero el don
era especialmente vulnerable al peligro de ser utilizado por impostores, y
aunque debía ser controlado únicamente por los que lo poseían (1 Co. 14.32;
1 Ts. 5.19s), su contenido tenía que concordar con la enseñanza fundamental
del evangelio (1 Co. 12.1–3; 1 Ts. 5.20; 1 Jn. 4.1–3); de lo contrario
debía rechazarse al profeta como uno de los falsos maestros cuya venida había
sido anticipada por Cristo (Mt. 7.15).
Presumiblemente debe identificarse a los "pastores y maestros" (Ef.
4.11) con los Ministros locales instituidos por los apóstoles (Hch. 14.23) o
sus ayudantes (Tit. 1.5) para satisfacer las necesidades de una determinada
congregación, y a los que se describe indistintamente como presbíteros u
obispos. Parecería que "administradores" ("gobernadores")
es nombre genérico para los que administraban los asuntos de las
congregaciones locales, mientras que los "ayudantes se ocupaban de las
obras de caridad, especialmente la atención de enfermos y pobres. Los poderes
milagrosos, de curación y de hablar en lenguas, constituían rasgo
característico de la era apostólica, y su reanudación ha sido afirmada en
diversas épocas a partir del avivamiento montanista.
V. El origen del ministerio
Se ha debatido mucho la relación precisa entre la misión original e
irrestricta de los apóstoles y evangelistas, por un lado, y el ministerio
permanente y local de los pastores, maestros, administradores y ayudantes, por
el otro. Parecería que esta última clase era generalmente designada por la
primera, pero si tomamos Hch. 6 como descriptivo de una ordenación típica,
vemos que la elección popular ocupaba, también, un lugar en la selección de
los candidatos. Presumiblemente Ro. 12 y 1 Co. 12 dan a entender que la iglesia,
como comunidad llena del Espíritu, produce sus propios órganos de ministerio;
por otra parte, Ef. 4.11 asegura que el ministerio le es dado a la iglesia por
Cristo. Podría sugerirse que, aunque Cristo es la fuente de toda autoridad, y
el modelo de todos los tipos de servicio, la iglesia en conjunto es la que
recibe su comisión divina. De todos modos, el NT no se ocupa de indicar los
posibles canales de transmisión; su principal preocupación es, en este
sentido, ofrecer una prueba doctrinal de la ortodoxia de la enseñanza
ministerial.

Nota:
Toda las citas biblicas deben ser revisadas en su Biblia. 2 Co. 3:6b.