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        Podemos afirmar que las Lupercales están sembradas de puntos oscuros. Incluso el origen de esta palabra es difícil determinar. La etimología dada por los antiguos gramáticos, lupos arcere, es fonéticamente imposible; no obstante, destaca cómo desde la antigüedad se vincula al lobo dicha fiesta: Luperca, según la leyenda, era la loba que amamantó a los gemelos hijos de Marte, y el Lupercal, sito en el monte Palatino, su antro. Distinta es la etimología de J. Carcopino, lupus + hircus, dando a entender una mezcla de lobo y macho cabrío --no es extraña la mezcla de animales antitéticos--. De esta forma, debemos suponer un rito ancestral que, en su estadio más primitivo, honraría a un dios lobo para atraer la protección contra los lobos. Por otra parte, la vinculación de los Lupercos con el chivo queda atestiguada por el nombre popular de dichos sacerdotes, crepi.

       Recordemos que Fauno, una de las divinidades más antiguas de la religión romana, era venerado con el sobrenombre de Lupercus. Es un dios campestre, al que se le atribuye procurar fecundidad a los campos y guardarlos contra todo accidente. Personifica las fuerzas generativas, de ahí las ramas de mirto con las que golpea a su amante. Según la tradición, fue Numa el primero que se dirigió a él para velar por sus rebaños. Cuando se heleniza la religión latina, a Fauno, por su carácter agreste y pastoril, se le identifica con Pan.

       Bayet no descarta en su origen el sacrificio humano, que será luego sustituido por el de un chivo, y lo vincula a los ritos mágicos de fecundidad o purificación. Es éste el sentido de la fiesta en autores clásicos como se recoge en abundantes testimonios:

(1) A la antigüedad de la celebración se refiere Cicerón «esta cofradía salvaje y agreste, de hermanos en figuras de lobos cuya unión silvestre se estableció antes que la civilización y las leyes». Para Varrón, el sentido de la fiesta era la purificación. En ellas se iniciaba la purificación del pueblo; según este autor, el día quince se celebraban las Lupercalias en el Palatino, el diecisiete las Quirinalias o fiesta de las Curias y el veintisiete las Terminalias, fiestas de purificación de las casas y propiedades privadas. Estos cultos dan nombre al mes de febrero (februarium, purificación).

(2) Ya en los autores del siglo de Augusto observamos la helenización del mito: Tito Livio atribuye a Evandro su institución y remonta el origen del nombre Palatino a Pallanteum, una ciudad de Arcadia. De acuerdo con Livio, en este lugar se celebraban fiestas en honor a Pan, oficiadas por jóvenes desnudos. Virgilio también dedica las Lupercales a Pan.

       (2A) Verrio Flaco, tratando de inyectar nueva vida al pasado de Roma en la misma línea política que Augusto, es el primero en mencionar a Juno y a las mujeres. Según él, éstas son purificadas (mulieres februantur), y Juno es mencionada con el epíteto febrilis, la purificadora.

       (2B) Ovidio relata: «La tercera aurora después de los Idus contempla a los desnudos Lupercos, y se celebran los misterios de Fauno Bicorne». Para él, la fiesta se celebra inmediatamente después del rapto de las sabinas, y su intención era suplicar por la fecundidad de estas mujeres. Sustituye el epíteto Febrilis, por Lucina, la que preside y protege los partos. Este hecho concuerda perfectamente con la política de Augusto y su preocupación por la repoblación del imperio. El emperador promulgó leyes que perseguían y castigaban el celibato. En este contexto se consideraron las Lupercales como un rito para procurar la fecundidad.

       Leyendo algunos autores clásicos (Plutarco, Dionisio de Halicarnaso y Ovidio), podemos estructurar así el ritual de las Lupercales:

1. Un sacrificio animal en la entrada del Lupercal, lo que Virgilio llama “mavortis antrum”. Las víctimas del sacrificio son cabras y perros y está presidido por el Flamen Dialis, quien sólo preside, pues le está vedado tocar dichos animales. Asisten también las vestales, que preparan la mola salsa a la que Ovidio llama “februa”. Dionisio de Halicarnaso afirma que estas ofrendas iban acompañadas de cantos en honor a Fauno. Al concluir el sacrificio se presentaban delante del altar dos jóvenes a los que el sacerdote manchaba sus frentes con la sangre del animal, momento en que los ungidos debían reír.

2. Inmediatamente después los miembros del colegio, los sacerdotes lupercos, comenzaban un desfile desnudos. Las pieles del animal se cortaban en correas y con ellas golpeaban a las mujeres, quienes ofrecían sus espaldas para recibir los azotes:

¿Qué esperas matrona? No serás madre tú merced a poderosas hierbas ni a mágicos encantamientos. Recibe los azotes de la diestra fecunda, y pronto tu suegro tendrá el deseado nombre de abuelo.

       Los jóvenes salían al paso de los lupercos para limpiarles la sangre con una lana empapada en leche a la que Ovidio llama “februs casta”.

3. Un banquete con la carne de la víctima ponía fin a la ceremonia pública del sacrificio.

       Ningún autor habla del número de sacerdotes que formaba el colegio de los lupercos. En los primeros tiempos fueron pastores, pero más tarde sólo podían formar parte de él los nobles. Se sabe que el colegio estaba dividido en dos grupos, los quinctiales y los fabiani, sin que exista acuerdo sobre en qué se diferenciaban. En el año 44 A.C, César creó una tercera sección, los luperci iuliani, cuyo primer representante fue Marco Antonio.

       Ya en esta época debían consistir en degradantes carnavaladas, pues el estado retiró su subvención y más tarde se prohibieron. Según cuenta Suetonio, aunque Augusto renovó la fiesta, prohibió correr tras los lupercos a los jóvenes para salvaguardar su honestidad.

       Las Lupercales en tiempos del Papa Gelasio

       Comparando la descripción de los autores clásicos con las referencias a la fiesta del Papa Gelasio, se observa un profundo cambio al que además debemos añadir las nuevas circunstancias políticas y religiosas. En el año 392, el emperador Teodosio prohibió todo acto de culto, declarando al paganismo fuera de la ley. Condenó a pena capital a quien frecuentara los templos, adorase a los ídolos o realizase sacrificios. En el 428, Honorio mandó destruir todos los altares paganos. Las Lupercales no podían mantener por tanto el carácter religioso de antaño, de hecho, en ningún momento se menciona en el texto la primera parte del rito (el sacrificio animal) ni el colegio sacerdotal de los lupercos.

       Gelasio conoce bien la fiesta de las Lupercales, señalando además haber manejado como fuente a Tito Livio. Las llama con su nombre tradicional, Lupercalia, y, al igual que Ovidio, señala a Evandro como su inventor.

       El objetivo de tal invención era procurar la fecundidad de las mujeres, y se honraba en ellas a Fauno o Pan «Vosotros que celebráis un monstruo compuesto de no se qué mezcla de bestia y de hombre», al que Gelasio se refiere como “Deus Februarius”.

       ¿En qué han cambiado las fiestas de las Lupercales? Por las duras críticas de Gelasio se puede notar la degeneración de la fiesta, sumida en un ambiente carnavalesco y vulgar. Su culto se celebra con injurias y extrema negligencia, que Gelasio llama «execración, crimen público e instrumento de perversión». Mientras los autores clásicos señalan el noble origen de sus participantes, Gelasio habla de gentes comunes, vulgares y de baja condición. En cualquier caso, lo más grave aquí es la participación de cristianos en ellas, contra los que el Papa lanza sus ataques más duros, advirtiéndoles de su pecado de excomunión. Si ya había sido severa.


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